El Concilio Vaticano II enseña que la Iglesia “vive y crece de la Eucaristía”. Detrás de esta afirmación hay una convicción fundamental: ella no tiene vida por sí misma, sino que recibe la vida de Cristo. Él se ha quedado con nosotros, porque sin su presencia la Iglesia no crecería ni en número ni en la santidad de sus miembros. Este es el motivo por el que la Eucaristía forma parte de la vida cotidiana de la Iglesia. Hoy dedicamos una fiesta en honor de este admirable Sacramento, para recordarnos y recordar a todos que no hemos de dejar de admirarnos de la grandeza de lo que aquí se encierra.

Las personas tendemos a minusvalorar los pequeños gestos que forman parte de nuestra vida ordinaria. Pero si lo pensamos bien son los más importantes: todos los días nos alimentamos, nos relacionamos con aquellos que son importantes para nosotros, estudiamos, trabajamos, etc… Sin lo ordinario no podríamos vivir. Los acontecimientos extraordinarios son pocos y nos ayudan a afrontar mejor el día a día. Hoy proclamamos que lo que sostiene nuestra fe y nuestra vida en el camino hacia el cielo es este Sacramento, y que es también lo más valioso que podemos ofrecer a nuestro mundo, ya que en Él se encuentra todo el bien espiritual de la Iglesia, que es Cristo, nuestra Pascua.

El rito más característico de esta solemnidad lo constituye la solemne procesión que recorre las calles de nuestros pueblos y ciudades. Es también un gesto muy expresivo de lo que es la Iglesia: somos un pueblo que camina por el mundo alegre y confiado, porque nos sentimos acompañados por el Señor y eso nos infunde seguridad y confianza. Lo importante de la procesión no es que acompañamos al Señor, sino que Él nos acompaña a nosotros. Por ello, aunque seamos pocos y vivamos la fe en un mundo a veces tan alejado de Dios, estamos contentos, porque Él no nos abandona: viene con nosotros y camina a nuestro lado.

La procesión tiene un segundo significado: Cristo quiere llegar a todos, y no únicamente a quienes participamos habitualmente en la Eucaristía. Para todos tiene una palabra:

  • A los que se han alejado de Él, les dice: venid, la mesa está preparada
  • A los cansados y abatidos les dice: venid a mí los que estáis cansados y abatidos, y yo os haré descansar
  • A quienes no encuentran una orientación en su vida les dice: yo soy el camino
  • A quienes tienen sed de un mundo mejor les dice: venid a mi todos los sedientos
  • A los que tienen hambre y sed de justicia, les dice: yo soy el Pan de Vida
  • A todos nos dice: yo soy la vida.

Pidamos al Señor que no seamos indiferentes a esta invitación que nos hace a participar en el banquete de su cuerpo y de su sangre.

Con mi bendición y afecto,

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa