El día 25 de marzo, solemnidad de la Encarnación del Hijo de Dios, celebraremos la Jornada por la Vida. Jesucristo, al hacerse hombre, asumió una naturaleza en todo semejante a la nuestra y vivió, desde el momento de su concepción hasta su muerte en cruz, una existencia plenamente humana con todas las consecuencias. No hay ninguna experiencia auténticamente humana que Él no haya hecho suya. En su resurrección nos abrió el horizonte hacia una vida de plenitud en Dios. De este modo, el carácter sagrado de toda vida humana queda reforzado. Su valor no depende de una pretendida calidad considerada en términos de bienestar físico, psicológico o sociológico.

En la historia de muchas personas se hace presente el misterio del dolor y la enfermedad. Quienes atraviesan momentos más o menos prolongados de sufrimiento se enfrentan a experiencias difíciles i, en muchas ocasiones, pasan a depender de los demás. En estas circunstancias se puede caer en la desesperanza porque es difícil encontrar sentido al sufrimiento, se sienten cansados o llegan a pensar que son una carga. Si a esta pérdida de la esperanza unimos el olvido de la dimensión trascendente del ser humano que caracteriza nuestra situación cultural, nos encontramos con el fenómeno de la extensión de la idea de que poner fin a una vida que aparentemente “no merece la pena ser vívida” es “más humano” y respetuoso con la dignidad de la persona. A la legalización y la aceptación social del aborto le sigue la de la eutanasia. Todo ello es manifestación de la pérdida de la esperanza cristiana en nuestra cultura.

Los obispos de la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida han elaborado recientemente un importante documento titulado Sembradores de esperanza: acoger, proteger y acompañar la etapa final de esta vida. En él nos recuerdan que el ser humano ha sido creado para vivir y ser feliz, y que rechazar el dolor es justo, por lo que los profesionales de la salud tienen la obligación ética de suprimirlo y aliviarlo. Es preciso desarrollar los cuidados paliativos para evitar, en la medida de lo posible, el dolor que conlleva la enfermedad. En el fondo de todo ser humano hay un deseo de infinitud y, aunque no quiere sufrir, desea vivir.

Por ello, provocar directamente la muerte de una persona no es moralmente aceptable. Lleva a una deshumanización del sufrimiento y del final de la vida. En primer lugar, porque se olvida que la necesidad más importante de quien sufre es sentirse acompañado. El ser humano es feliz cuando se siente amado. Quien muere sitiándose acompañado y querido tiene una muerte digna. Debemos fomentar la cultura del cuidado, del respeto, del consuelo hasta el final. Cuando una sociedad es capaz de comprometerse de este modo con los enfermos, se engrandece y se hace más fuerte.
Que esta jornada nos ayude a caer en la cuenta de que los cristianos nos tenemos que comprometer en la defensa de la vida humana. No estamos ante una cuestión secundaria, ni para cada uno de nosotros ni para nuestra sociedad.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa