Las fiestas de Navidad terminan con la solemnidad de la Epifanía del Señor. Según el relato del evangelio de san Mateo, unos Magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando por el lugar donde había nacido “el Rey de los judíos”. La historia de estos personajes fue leída desde las afirmaciones del salmo 72, 10-11 (“Que los reyes de Tarsis y de las islas le paguen tributo, que los reyes de Saba y de Arabia le ofrezcan sus dones”), y de Isaías 60, 3 (“Caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora”). Por esto, en nuestra tradición son considerados como Reyes Magos. Más allá de esta curiosidad histórica, lo importante es el significado simbólico de estos personajes: representan un comienzo, la puesta en marcha de la humanidad hacia Cristo. Son los primeros de una larga procesión que atraviesa toda la historia. En ella participan no solo aquellos que han encontrado a Cristo, también quienes lo buscan, los que sienten la inquietud de encontrar la Verdad y no se quedan en las pequeñas seguridades que nos dan las cosas que ya tenemos. Ellos representan el movimiento del espíritu humano hacia Dios, que alcanzará su meta en Cristo; nos desvelan también el significado de todas las religiones en el plan divino: todas quieren transparentar a ese Dios que se ha hecho niño en Belén.

El segundo elemento del relato es la estrella que guió a los Magos. También sobre ella ha habido a lo largo de la historia distintas hipótesis: una conjunción de los planetas Júpiter, Saturno y Marte entre los años 7 y 6 antes de Cristo; o una supernova, es decir, una estrella lejana en la que se produce una explosión colosal que hace que a lo largo de algunas semanas brille intensamente. Hubiera o no un fenómeno astronómico extraordinario, lo importante es el significado teológico que encierra: la creación también  conduce a Dios y provoca en el corazón del hombre el deseo de ponerse en camino para encontrarlo. El cosmos y los astros no son divinidades: nos hablan de Cristo y nos conducen a Él.

En su búsqueda los Magos son conducidos a Jerusalén. Allí encontrarán el tercer elemento que los llevará a Cristo: los profetas, es decir, la Revelación de Dios al Pueblo de las promesas, también orientan el camino para encontrarse con el Señor. El Mesías tenía que nacer en Belén. Gracias a Él, esa pequeña ciudad en la que también había nacido el rey David, ha quedado engrandecida. Estamos ante el verdadero Rey de los judíos. Este relato nos dice que a quien busca sinceramente, todo le puede conducir a Cristo: la creación, las religiones de la humanidad, la Revelación hecha a Israel.

Al llegar, los Magos no encontraron nada humanamente grandioso: vieron al Niño con María su madre, y postrándose le adoraron. Aquel de quien hablan los astros, las grandes religiones y los profetas, es un niño pequeño. En esa pequeñez se oculta su grandeza. Y es que Jesús nos muestra que la grandeza de Dios se muestra en su capacidad para ocultarse en lo pequeño.

Que la Navidad nos ayude a descubrir que lo más grande está en lo más sencillo.

+ Enrique Benavent Vidal,
Obispo de Tortosa.