Con la alegría que nace de la fe celebramos un año más la fiesta de Navidad. En la Misa de la medianoche se nos anuncia este acontecimiento como un hecho gozoso: una luz ha brillado sobre la noche de este mundo; las puertas de la esperanza se han abierto a una humanidad que vivía con el horizonte cerrado. Navidad es Evangelio, es buena noticia para todos los hombres. Si, como dice San Agustín, evangelizar es anunciar a todos que Cristo ha venido a nuestro mundo, hoy queremos que esa buena noticia resuene en todas partes, especialmente en los corazones de aquellos que, humanamente hablando, no tienen ningún motivo para vivir en la esperanza.

Con Cristo ha venido la paz. San Lucas nos dice que Jesús nació en tiempos del emperador Augusto, quien consiguió pacificar el imperio y, por eso, se designó a sí mismo como “salvador”. Cristo fue anunciado por el ángel a los pastores como el verdadero Salvador: “Hoy os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2, 11). Esta es la gran alegría para todo el pueblo. El niño que ha nacido en un establo, que no tiene poder humano, que ha entrado en nuestra historia en la más extrema pobreza, tan diferente en todo al emperador Augusto, es el Salvador, el que ha traído al mundo la verdadera paz.

La paz de Augusto, que parecía definitiva, era en el fondo frágil, como lo es la paz de las grandes potencias y de los poderosos. Una paz impuesta por la fuerza, por los ejércitos, por el poder, no es verdadera. La auténtica paz es obra de la justicia y fruto del amor, y sólo puede conseguirse si las personas somos renovadas en el fondo de nuestro corazón. Si nos encontramos con el Señor y nos dejamos transformar por Él, alcanzaremos la paz y trabajaremos sin miedo para que sea una realidad en nuestro mundo. El advenimiento de Cristo es el advenimiento de la paz.

Después del anuncio a los pastores, la legión de los ángeles canta: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”. La gloria de Dios es la paz en la tierra y la paz glorifica a Dios. La celebración de la Navidad es una invitación a que nosotros los cristianos nos preguntemos si hemos conocido realmente a Cristo. Si somos instrumentos de su paz en nuestras familias, en nuestra sociedad, en la Iglesia…, estamos mostrando que lo hemos conocido y dando gloria a Dios.

En Jesús Dios se nos muestra en su verdadero ser. En la carta a Tito se nos anuncia: “Se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres” (Tit 2, 11); “Se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor al hombre” (Tit 3, 4). En ese niño descubrimos la bondad de un Dios que no quiere imponerse en nuestros corazones por el camino del miedo, sino por el camino del amor. En un sermón del día de Navidad, un monje de la Edad Media comentaba así el signo del niño en pañales y acostado en el pesebre: “Temed al Señor de los ángeles, pero amadlo pequeño; temed a quien reina en el cielo, pero amadlo acostado en un pesebre”. El niño que nace en Belén es el Señor de los ángeles, es el Señor de la majestad, es quien reina en el cielo, pero sabe que si se manifestara únicamente en su poder, no lo amaríamos. Por eso se nos muestra pequeño, indefenso y pobre: para despertar en nosotros el amor a Él.

Feliz Navidad a todos.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa