El pasado 3 de julio celebramos la fiesta del apóstol Santo Tomás. Me gustaría comentar dos momentos de su vida que aparecen narrados en el cuarto evangelio, porque en ellos se nos revela un aspecto de la personalidad de este discípulo del Señor, que puede iluminar la situación de muchos cristianos de hoy: estamos ante un apóstol que no se contenta con oír la enseñanza de Jesús, sino que quiere entenderla; y que tampoco se conforma con escuchar el testimonio de los otros apóstoles, sino que quiere asegurarse de que aquel a quien sus compañeros dicen que han visto es realmente el Señor.

Durante la última cena Jesús quiere tranquilizar a los discípulos ante la inminencia de su muerte. Se refiere a ella como una ida a la casa del Padre y les dice: “adonde yo voy, ya sabéis el camino” (Jn 14, 4). Ante estas palabras, que ciertamente tenían un carácter enigmático y que los discípulos únicamente entendieron después de la pasión, “Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿Cómo podemos saber el camino?»” (Jn 14, 5). Es la reacción de alguien que ante la dificultad para comprender, no se queda callado, sino que tiene la inquietud de preguntar para llegar a una comprensión más profunda. Este deseo de Tomás se ve recompensado por la respuesta de Cristo, quien se presenta a sí mismo diciendo: “Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí” (Jn 14, 6). La inquietud de Tomás no solo ha sido beneficiosa para él, sino para todos nosotros: Jesús nos ha revelado que el camino y la verdad que conducen a la vida, es decir a Dios, no es otro que Él mismo.

Al atardecer del día de Pascua, Jesús se apareció a los discípulos sin que estuviera Tomás con ellos. Cuando después le dijeron que le habían visto, Tomás tiene dificultades en aceptar el testimonio de los demás apóstoles y quiere asegurarse de que aquel a quien han visto es realmente Cristo. La prueba de la identidad del Resucitado son las heridas causadas por los clavos y la llaga del costado abierto. A los ocho días, cuando Tomás estaba presente, el Señor volvió a aparecerse y, aunque le recriminó su falta de fe exhortándole a no ser incrédulo sino creyente, le hizo ver que realmente era Él mostrándole sus llagas. Tomás reaccionó formulando la confesión de fe en Jesús más grande que encontramos en el Nuevo Testamento: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20, 28). Una vez más, esta reacción no lo ha beneficiado sólo a él, sino también a nosotros: Tomás ha verificado la identidad del Resucitado y le ha dado pie a formular una nueva bienaventuranza que alcanza a todos los que creerán en Jesús: “Bienaventurados los que crean sin haber visto” (Jn 20, 29).

El testimonio de este apóstol nos tiene que hacer pensar dos cosas: en primer lugar, que cada persona tiene su propio camino de fe y hemos de ser respetuosos con todos, especialmente con aquellos que tienen dificultades para creer, porque un juicio negativo sobre ellos puede alejarles más del Señor; en segundo lugar, que la inquietud por conocer y comprender mejor nuestra fe no es signo de debilidad o mediocridad, sino que es beneficiosa para quien pregunta y para los demás.

Con mi bendición y afecto.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa