El día 29 de junio celebraremos la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo. La Iglesia conmemora su martirio el mismo día porque estuvieron unidos por un mismo amor a Cristo hasta el punto de dar la vida por Él. Los textos de la liturgia de esta fiesta exaltan el honor de la ciudad de Roma, por ser el lugar donde predicaron el Evangelio los últimos años de su vida, derramaron su sangre dando testimonio de la fe y donde se conservan sus sepulcros. Por esto desde los primeros siglos la Iglesia de Roma, presidida por el sucesor de Pedro, ha tenido una primacía sobre el resto de las iglesias y el Papa es el principio visible de la comunión y la unidad de todos los católicos.

Pedro conoció a Cristo desde el momento en que el Señor comenzó su vida pública. Cuando después del discurso del Pan de Vida en la sinagoga de Cafarnaún muchos discípulos lo abandonaron porque su lenguaje les parecía duro, y preguntó a los doce si ellos también querían abandonarle, Pedro respondió en nombre de todos: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de Vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6, 68). En Cesarea de Filipo, ante la pregunta dirigida a los apóstoles: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (Mt 16, 15), Pedro fue el primero en confesar la fe: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo” (Mt 16, 16). Este hecho le valió recibir de Cristo una misión especial en la Iglesia: “Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16, 19). A pesar de que conocía la debilidad de Pedro, antes de morir, Jesús le confió la misión de confirmar en la fe a los hermanos (Lc 22, 32), y después de resucitar le encargó la tarea de apacentar sus ovejas (Jn 21, 15-17). La comunión con Pedro asegura la comunión con Cristo. Por ello, cuando en los inicios la Iglesia comienza a sufrir persecución y Pedro es encarcelado, “la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él” (Hech 12, 5).

En comunión con Pedro, Pablo, que no había conocido personalmente a Jesús, profundizó el mensaje cristiano en un doble sentido: lo único necesario para salvarse es creer en Cristo y vivir en Él en una vida nueva y, en segundo lugar, se trata de un mensaje dirigido a todo el mundo: es una buena noticia que tiene alcance universal. En Pablo la fe cristiana se abre a todos los pueblos. Esto le llevó a una relativización de todo aquello en lo que había puesto su esperanza antes de que el Señor resucitado se hiciera presente mientras se dirigía a Damasco: el orgullo de pertenecer al pueblo elegido, la satisfacción de ser un buen cumplidor de la ley, la pretensión de poder salvarse por sí mismo… Comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo ya no tiene ningún valor. Había sido alcanzado por Cristo y solo deseaba una cosa: alcanzar a Cristo (Flp 3, 12). Tanto Pedro como Pablo llegaron a la misma meta, aunque por caminos distintos. Por ello la Iglesia celebra su fiesta el mismo día.

Igual que la Iglesia primitiva oraba insistentemente por Pedro, oremos también nosotros insistentemente por su sucesor, el papa Francisco, para que Dios le conceda sabiduría y fortaleza para confortarnos en la fe en estos momentos difíciles, y haga de él un predicador incansable del Evangelio.

+ Enrique Benavent Vidal
   Obispo de Tortosa