Desde el pasado día 18 y hasta el próximo 25, fiesta de la Conversión del apóstol san Pablo, los cristianos de distintas Iglesias y confesiones nos unimos para celebrar la Semana de oración por la unidad de los cristianos. En un mundo en el que las divisiones entre las personas muchas veces se acentúan, el hecho de que las diferentes confesiones, que sentimos el peso de los distanciamientos que han ido apareciendo entre nosotros a lo largo de los siglos, nos reunamos a orar es un signo que nos debe llevar a pensar que no podemos resignarnos a aceptar las divisiones y enfrentamientos entre las personas, los pueblos y las iglesias como algo inevitable. Por ello la oración en común es, en primer lugar, una expresión de que no queremos aceptar que lo que nos separa es definitivo y que anhelamos llegar a superarlo.

Al pedir al Padre el don de la unidad no expresamos únicamente un deseo humano, sino que estamos uniéndonos a la oración que Cristo le dirigió antes de su pasión y la hacemos nuestra. En la oración sacerdotal que encontramos en el capítulo 17 del evangelio de Juan, el Señor expresa en forma de plegaria las motivaciones profundas que le han acompañado durante toda su vida y que también lleva en el corazón en el momento en que morirá: Él vivió y murió para manifestar el nombre de Dios y, de este modo, llevar a cabo la obra que le había encomendado, y así el Padre sería glorificado. En el momento en que llevará a cumplimiento su misión, pide por sus discípulos y por todos los que creerán gracias a su testimonio, “para que sean uno”. Al pedir juntos el don de la unidad hacemos nuestro un anhelo profundo del corazón de Cristo.

En esta oración el Señor nos recuerda que es la unidad lo que posibilitará que “el mundo crea”. La relación entre la unidad y la evangelización es muy profunda. La misión de la Iglesia, nos ha recordado el Concilio Vaticano II, es ser signo e instrumento de la unión del hombre con Dios y de la unidad de todo el género humano. Por ello, todos tenemos el deber de trabajar para que la familia humana llegue a convertirse en familia de los hijos de Dios. Las divisiones no son solo un anti-testimonio, sino algo que contradice la naturaleza más profunda de lo que debe ser la Iglesia y lo esencial de su misión.

El lema que nos acompañará este año es una frase del libro de los Hechos de los Apóstoles, en la que san Pablo describe cómo él y los que se dirigían a Roma fueron acogidos por los habitantes de Malta después de que naufragara el barco en el que viajaban: “Nos trataron con una solicitud poco común” (28, 2). Gracias a esta hospitalidad en un momento de dificultad, las tensiones entre ellos se superaron y el mensaje del Evangelio llegó a Malta. La acogida mutua y la ayuda fraterna en momentos de dificultad es lo que hace posible superar los prejuicios que nos incomunican, que crezca la fraternidad entre nosotros y que el mensaje del Evangelio se difunda en nuestro mundo. Por ello, os invito a participar en la plegaria ecuménica que celebraremos el próximo viernes en la parroquia de la Ampolla, junto con otros cristianos que no pertenecen a la Iglesia Católica.

+ Enrique Benavent Vidal,
   Obispo de Tortosa.