Con sencillez, con profunda piedad rezamos el Rosario de la Aurora por las calles de Benicarló como todos los domingos y festivos de Octubre y Mayo. Un clamor de peticiones, de respeto,  de confianza, de acción de gracias, de admiración, de pedir perdón… penetra en el corazón de María, la mujer que enamoró a Dios, que le consoló en su  cruel pasión y que tiene los brazos, aunque ensangrentados, abiertos a acoger a cada uno de sus hijos, tal como lo hizo con Jesús, el Hijo de Dios que se hizo hombre para abrir los horizontes de la gracia y de la felicidad a cada uno.

Muchos, muchos benicarlandos elevan sus ojos a la Belleza de la Vida, al Trono de la Sabiduría y de la Esperanza y que siempre se levantan en sus caídas, porque suspiran por mejorar en su camino de gracia al encuentro con María. Y reposando en Ella ya se está dentro de la misericordia de Dios. A Dios se va y se vuelve por María, y ¡a María se la quiere mucho en Benicarló! Todos quienes tuvimos la gracia de estar con ella, acompañándola por las calles, deseamos ser ventanales ojivales abiertos por do se vea ¡qué bien se está en su regazo! Ella es el atajo rápido que nos lleva, con su esfuerzo, con su amor al servicio, con su sacrificio, con su cariñosa mirada maternal, con su humildad, al descanso y gozo del dulce Corazón de Jesús. ¡Madre mía, mima a tu pueblo de Benicarló!

Manuel Ferrer