El día 8 de septiembre celebramos el nacimiento de la Virgen María. En muchos pueblos y santuarios se celebra la fiesta patronal. Nuestra diócesis, por un decreto del beato Pío IX, está bajo la protección de la Santísima Virgen María en el misterio de su nacimiento, por lo que, aunque este año cae en domingo, litúrgicamente debe celebrarse esta solemnidad en todos los pueblos de la diócesis.

Para una familia, un nacimiento es un acontecimiento que llena la casa de alegría y de esperanza. En ese momento nadie piensa en lo que puede pasar en el futuro, ni en las dificultades que pueda tener en la vida. La acogida de un nuevo ser hace revivir la esperanza que supone para todos una nueva vida. Pero unos padres que reciben el regalo de un nuevo hijo no deben olvidar que este forma parte de toda la familia humana y deben educarlo para que en su comportamiento, en su manera de relacionarse con los demás, en sus valores y actitudes… no actúe egoístamente, sino que en todo momento busque el bien, la justicia y la verdad. De este modo, un nuevo ser, que es siempre un regalo que Dios ha dado a los padres, será también un regalo para toda la sociedad.

El nacimiento de la Virgen fue para sus padres, Joaquín y Ana, un regalo que les llenó de alegría. Ellos, que eran justos en la presencia de Dios, la educaron para que prestara atención a las cosas de Dios y fuera disponible a lo que le pidiera. De este modo María se convirtió también en un regalo de Dios para toda la familia humana y su nacimiento trajo la alegría a nuestro mundo. Estamos ante una celebración en la que únicamente cabe el gozo, porque por ella no hemos recibido más que bienes: el gran don del Salvador. Para toda la humanidad el nacimiento de María anuncia el de Cristo. Es como la aurora que anuncia la llegada del día de la Salvación.

La Virgen María es también un regalo de Dios para todos nosotros porque nos indica con su vida el camino para ser felices. En el evangelio de Lucas (1, 39-56) encontramos la escena de la visitación de María a su prima Isabel. El encuentro de estas dos mujeres es un momento lleno de humanidad y de ternura. En el diálogo entre ellas que nos transmite el evangelista, en un determinado momento Isabel le dice: “Dichosa tú que has creído” (1, 45). María fue feliz porque creyó en Dios y porque mantuvo la fe durante toda su vida, conservó la alegría.

En este mundo en el que tenemos tantas cosas, pero a menudo tantas personas están vacías y no encuentran caminos para vivir en la alegría, Isabel, señalándonos a María, nos indica el camino que nos lleva a no perder el gozo: la Virgen fue feliz porque creyó, porque se fio de Dios y se puso al servicio de la humanidad aceptando ser la Madre del Mesías. Solo puede ser feliz, únicamente puede recibir la vida de Cristo y, con ella, la verdadera alegría, quien confía en Dios y está dispuesto a entregar su vida por los demás. Si queremos conservar la alegría de la fe, no dejemos de mirar a María. Ella fue feliz porque creyó.

+ Enrique Benavent Vidal,
Obispo de Tortosa.