En el capítulo segundo de la exhortación Cristo vive (49-63) el papa Francisco recuerda el testimonio de algunos jóvenes que en su corta existencia han vivido un camino de santidad. En sus vidas se vislumbra cómo la coherencia de la fe da una fortaleza para superar las dificultades que humanamente parece increíble, y abre en la existencia horizontes insospechados que la liberan de la mediocridad y la comodidad en la que la mayoría de las personas nos instalamos con el paso del tiempo. Entre los que el Papa menciona he escogido tres que nos muestran que el Evangelio realmente vivido es capaz de transformar el corazón de jóvenes nacidos en culturas, ambientes y condiciones sociales distintas.

El beato Isidoro Bakanja nació en la actual República Democrática del Congo en fecha desconocida y murió mártir en 1909. En su juventud dejó su aldea natal y emigró a diversas ciudades en busca de trabajo. Cuando tenía alrededor de 18 años oyó hablar de Jesucristo y comenzó un camino de conversión que le llevó a recibir el Bautismo en 1905. A pesar de que su padre y sus amigos se lo desaconsejaron, porque conocían las condiciones de vida a las que eran sometidos los trabajadores de raza negra, comenzó a trabajar como sirviente en una agencia comercial belga, confiando en que la fe cristiana de los blancos les llevaría a compartir con él el amor y la benevolencia de esta religión. Pronto descubrió que la realidad no era esa. El sistema de trabajo estaba organizado de tal modo que favorecía la explotación, por lo que la crueldad en el trato era algo habitual.

Esto no le llevó a decepcionarse de su fe y abandonar la Iglesia, sino a oponerse a las humillaciones que sufrían él y sus compañeros. Es entonces cuando comienza un camino de sufrimiento: conscientes del valor que para él tenía la fe, por venganza le prohibieron asistir a las reuniones y celebraciones con los cristianos y los catecúmenos. Tenía que rezar solo y a escondidas. Le ordenan quitarse el escapulario y los signos cristianos que llevaba, pero no obedece. Fue azotado brutalmente con un látigo con clavos y encerrado en condiciones inhumanas. Ayudado por sus amigos logró huir entre atroces sufrimientos provocados por las heridas que le habían causado.

Como consecuencia de todo esto su salud empeoró rápidamente. Cuando estaba a punto de morir, el confesor le preguntó si perdonaba a quienes le habían perseguido. Su respuesta fue: “Padre, yo no tengo nada contra él. Aquel blanco me ha azotado… Está claro que en el cielo rezaré por él”. Unos días después falleció mientras se encontraba en oración.

El testimonio del beato Isidoro Bakanja nos habla de una fe incontaminada, vivida con una sencillez y una autenticidad admirables. Es la fe de alguien que ha acogido con tal verdad el Evangelio que no duda de Cristo a pesar del anti-testimonio de aquellos a quienes él consideraba cristianos; de alguien que quiso vivir los preceptos evangélicos en toda su verdad y radicalidad y a quien esa fe dio una fortaleza y capacidad de perdón impensables.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa