El evangelista Lucas, después de las bienaventuranzas, que ya comentamos la semana pasada, nos transmite una serie de palabras de Jesús que de un modo más ampliado encontramos también en el Sermón de la Montaña del evangelio de Mateo. Son sus enseñanzas sobre lo que debe distinguir la vida de los discípulos de la de aquellos que no siguen a Cristo. Estamos ante unas exigencias sorprendentes por su radicalidad y porque suponen la superación de cualquier lógica humana en las relaciones interpersonales.

Muchos piensan que un buen cristiano es aquel que no hace mal a nadie. Reducen la vida cristiana al cumplimiento de los mandamientos que nos prohíben matar, adulterar, mentir, robar, etc… Por tanto, se fundamentaría en una serie de prohibiciones para no hacer daño a los demás. Esto no basta para ser cristiano. Cualquier persona que actúa guiada por el sentido común sabe que no debe hacer a los demás aquello que no quiere que le hagan a ella.

Las exigencias del discípulo de Cristo tienen un carácter positivo: debe hacer a los demás todo el bien que pueda, aquello que le gustaría que hicieran con Él. Esta exigencia tiene también una lógica humana: en el fondo todos entendemos que no podemos exigir que se haga por nosotros aquello que no estamos dispuestos a hacer por los demás. Esta actitud, siendo más positiva que la anterior, también supone poner límites al amor, porque uno no estaría obligado a hacer el bien si sabe que no le corresponderán. Jesús nos recuerda que actuar de este modo no tiene ningún mérito: también los pecadores hacen lo mismo.

La cuestión que está en el fondo de esta enseñanza de Jesús es la de los límites para amar: ¿hasta dónde debo llegar en la exigencia de vivir el amor al prójimo? ¿Cuántas veces debo perdonar al hermano que me ofende? En la respuesta que Jesús da a estas cuestiones encontramos lo propio de la vida del creyente: amar a los enemigos, hacer el bien a los que nos odian, bendecir a los que nos maldicen, orar por los que nos calumnian. Dietrich Bonhóffer, un gran teólogo luterano asesinado por el régimen nazi, comenta así esta exigencia evangélica: “Amar al enemigo es un obstáculo insoportable para el hombre natural. Está por encima de sus fuerzas, y choca contra su concepto del bien y del mal. Lo que Dios quiere en su ley es que se venza al enemigo amándole”.

¿Cómo puede el cristiano vencer este obstáculo? En primer lugar descubriendo que ese comportamiento que se me pide es el que ha tenido Dios conmigo: su misericordia ha sido infinita y, por ello, este modo de actuar es el de aquellos que son hijos suyos, ya que Él es bueno con los malvados y desagradecidos. En segundo lugar mirando a Cristo, que desde la cruz mostró como amaba a sus enemigos al orar por sus perseguidores. Bonhöffer afirma que la oración por los enemigos es el acto de amor más grande, porque en ella “nos ponemos al lado del enemigo, estamos con él, en favor de él, delante de Dios”.

Con mi bendición y afecto.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa