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Cada año al comenzar la Cuaresma, la liturgia de la Iglesia nos presenta el episodio de las tentaciones que el Señor sufrió y venció durante su estancia en el desierto, adonde fue conducido por el Espíritu antes de comenzar su ministerio público en Galilea. Podemos imaginar que fue un tiempo que Jesús dedicó únicamente a encontrarse con el Padre hasta el punto de olvidarse totalmente de sí mismo, ayunando durante cuarenta días.

Por ello este texto evangélico, escuchado al principio de la Cuaresma, es en primer lugar una llamada a profundizar en el sentido del ayuno que la Iglesia nos invita a intensificar en este tiempo litúrgico: estamos sometidos a un ritmo de vida que nos lleva a estar tan pendientes de nosotros mismos y de nuestros deseos, que fácilmente nos olvidamos de Dios. Siguiendo el ejemplo del Señor en el desierto, la Cuaresma es una exhortación a cambiar esta orientación que la cultura actual imprime en nuestra vida, a que estemos tan pendientes de Dios que no temamos olvidarnos de nosotros mismos.

En este momento crucial de la vida del Señor, descubrimos que se encuentra ante unos interrogantes de cuya respuesta depende la orientación que dará a todo su camino posterior: ¿Qué ha venido a traer a nuestro mundo? ¿Consiste su misión en satisfacer las necesidades materiales inmediatas de la humanidad, apartando a Dios del horizonte de la vida de los hombres como algo que en el fondo es ilusorio, o en traer precisamente a ese Dios como fundamento de una humanidad verdaderamente nueva? ¿Cómo lo debe hacer? ¿Debe confiar en la gloria que le daría el poder del mundo o en la fama que le proporcionaría una manifestación milagrosa de su divinidad como esperaban los israelitas de su tiempo?

El hecho de que Jesús venciera en las tentaciones nos indica que ante el dilema entre fidelidad y éxito, escogió el camino de la fidelidad, tanto en lo referente al contenido de su misión -que no consistía en alimentar de pan a la humanidad sino en ofrecerle la posibilidad de encontrarse con Dios- (primera tentación), como en el modo de realizarla, renunciando a asegurarse el éxito por medio del poder y la gloria del mundo (segunda y tercera tentación).

Este episodio de la vida de Jesús nos debe ayudar en el tiempo de Cuaresma a no olvidar que la vida del cristiano siempre tendrá la forma de un combate. San Agustín, en uno de sus sermones, afirma: “En el mundo (dice el Señor) tendréis luchas. De dos maneras ataca el mundo a los soldados de Cristo: los halaga para seducirlos, los atemoriza para doblegarlos” (sermón 276). En el desierto Jesús no se dejó seducir por el diablo, ni por lo que le prometía si le adoraba: el poder y la gloria (de todos los reinos del mundo). Entre la fidelidad a la vocación a la santidad que hemos recibido en el bautismo y la admiración que el poder, la riqueza y la gloria despiertan, no caigamos en la tentación de pensar que en la Iglesia la eficacia y el éxito dependen de todo eso. Si caemos en esa tentación estamos, en palabras del papa Francisco, ante una Iglesia mundanizada, que ha olvidado que su presente y su futuro dependen de la fidelidad de todos y cada uno de los cristianos a la llamada a la santidad.

Con mi bendición y afecto.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa