El próximo día 2 de febrero, fiesta de la presentación del Señor en el templo, se celebra la jornada de la vida consagrada. Debe ser un día para que los cristianos agradezcamos el don que supone para el Pueblo de Dios el testimonio de tantos bautizados y bautizadas que, respondiendo con generosidad a la llamada del Señor, le han entregado totalmente su persona y su vida y que, por ello, son ante el mundo un signo del Reino. La vida de especial consagración a Dios, que en la Iglesia se concreta en una cantidad inmensa de carismas, es también un tesoro para la humanidad. No podemos imaginar cómo sería el rostro de la Iglesia sin la riqueza que le aportan las congregaciones e institutos de vida consagrada, pero me atrevo a decir que sin ellos los frutos de santidad y los testimonios de caridad no habrían sido tantos.

Este año el lema nos invita a centrarnos en lo esencial de este estado de vida cristiana. Cuando pensamos en la gran cantidad de institutos de vida consagrada y en el inmenso y generoso trabajo que realizan en ámbitos educativos, caritativos, asistenciales y misioneros; y cuando conocemos la presencia entregada de tantos misioneros y misioneras que en fidelidad a su consagración han dejado la patria y la familia para ponerse al servicio del Evangelio y de los más pobres, nos tendríamos que interrogar sobre lo que es verdaderamente importante en su testimonio. Una mirada superficial nos llevaría únicamente a pensar en lo que hacen. En cambio, si lo contemplamos con los ojos de la fe vemos con más profundidad: sus obras y su vida esconden una riqueza mucho más grande que sus acciones, porque son una presencia viva del amor de Dios a toda la humanidad. La grandeza de su vocación no está únicamente en lo que hacen, también en cómo la hacen, en su manera de vivirla, que sólo puede ser desde un amor que dé visibilidad al amor de Dios.

Para poder vivir la vocación de este modo, los consagrados han de hacer del Padrenuestro, no solo el centro de su oración, sino el programa de toda su vida: sintiéndose hijos de Dios y viviendo en unión con Cristo su relación filial con el Padre, se saben al mismo tiempo hermanos de todos los Hombres; su consagración les lleva a desear antes la gloria de Dios que la propia, a buscar ante todo el Reino de Dios y su justicia confiados en que lo demás se les dará por añadidura, y a trabajar para que la voluntad de Dios, que no es otra que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, se haga realidad en la humanidad.

Desde la humildad de quien sabe que, a pesar de su trabajo, todo depende de Dios, los consagrados han de vivir un espíritu de oración, poniendo su vida y la de sus hermanos en las manos de Dios confiando en su acción paternal incluso en los aspectos materiales; conscientes de las propias debilidades, suplican el perdón y la misericordia de Dios, y ello les ayuda a tener un corazón misericordioso como el del Padre; confiados en la providencia amorosa de Dios le piden su gracia para evitar el pecado y crecer constantemente en el bien. De este modo, en su vida armonizan la acción y la contemplación.

Que en nuestra diócesis valoremos el testimonio de las personas consagradas y oremos para que sean fieles a su vocación.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa