Al cumplirse los 40 días del nacimiento de Jesús, María y José fueron al templo de Jerusalén para presentar al Señor. La Virgen Madre, que lleva a su Hijo para ofrecerlo al Padre, es una figura de la Iglesia que continúa ofreciendo a sus hijos e hijas que, movidos por el amor a Dios, quieren asociarse a la oblación de Cristo, modelo de toda forma de consagración en la Iglesia. Por este motivo el próximo día 2 de febrero, fiesta de la Presentación del Señor en el templo, celebramos la Jornada Mundial de la Vida Consagrada.

Todos hemos nacido para amar y dar gloria a Dios. San Agustín, en su obra De doctrina christiana, nos enseña que el amor tiene un orden: “vive, pues, justa y santamente aquel que es un honrado tasador de las cosas, pero este es el que tiene un amor ordenado; de suerte, que no ame lo que no debe ser amado, que no ame más lo que ha de amarse menos, que no ame igual lo que ha de amarse más o menos, que no ame menos o más lo que ha de amarse igual” (l. I, c. XXVII, n. 28). La vida consagrada es un signo para nuestro mundo y para la Iglesia, porque en una cultura que aleja a Dios del corazón y del horizonte de la vida de los hombres, nos recuerda a todos qué es lo que más debe ser amado, que no es otra cosa que Dios.

La consagración a Dios nos habla también del sentido último de toda vocación cristiana. Toda vocación cristiana es llamada a dar la vida. Esa entrega de la vida asume formas diversas en la Iglesia: en el matrimonio, la fidelidad de los esposos y la donación generosa a los hijos; en el ministerio sacerdotal, la caridad pastoral para con el pueblo de Dios; en la vida consagrada esta entrega asume la forma de unos votos.

El voto de obediencia es la forma más radical de entregar la vida libremente a Dios para cumplir su voluntad. Prometer obediencia significa reconocer que no se quiere hacer la propia voluntad sino la voluntad de Dios. La obediencia es el camino para el discernimiento y para la aceptación alegre y gozosa de la voluntad de Dios sobre la propia vida. El voto de pobreza es también un camino para dar la vida, un camino que sólo lo puede entender quien ha descubierto que su verdadero tesoro es Cristo. Puede prometer vivir en pobreza aquel que ha descubierto que Cristo es su riqueza. La entrega de la propia vida asume también la forma del voto de castidad, que no es no amar a nadie, sino ser libre para amar de todo corazón a Jesucristo y a todos los hombres por quienes se ora. La castidad es respuesta de amor al Amor.

Toda vocación cristiana tiene como meta el Reino de Dios. En ese sentido, no olvidemos que la vida consagrada no es fin en sí misma, sino que tiende al Reino. Por ello, quiero invitar a quienes se han consagrado a Dios a no olvidar en esta jornada que su consagración lleva al Reino de los Cielos si es vivida desde el amor y la caridad. La caridad es lo que hace de cualquier forma de consagración en la Iglesia un signo del Reino.

Con mi bendición y afecto,

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa