Entre los días 18 y 25 de enero, cristianos de todas las iglesias y confesiones, unidos pedimos a Dios que todos los discípulos de Cristo lleguemos a formar un solo pueblo en el que no haya ninguna división. Al hacerlo nos unimos a la oración de Jesús, que antes de sufrir la pasión se dirigió al Padre suplicando que todos sus discípulos estuvieran unidos con la misma unión que hay entre ellos. El octavario de oración por la unidad de los cristianos nos debe llevar a hacer nuestra esa súplica del Señor.

El lema de este año está tomado del libro del Deuteronomio. Antes de entrar en la tierra prometida, Moisés dirige un largo discurso al pueblo de Israel recordándole los preceptos de la ley y exhortándolo a cumplirlos. Si lo hacen, podrán tomar posesión de la tierra y se mantendrán como un pueblo unido. En la fidelidad a los mandatos de Dios se encuentra el secreto de su presente y de su futuro. La Ley incluye preceptos para con Dios, cuyo cumplimiento es expresión de gratitud hacia Él por el don de la liberación de la esclavitud y por la tierra que le va a dar; y también exigencias para con el prójimo, que debe ser considerado como un hermano. Todos están inspirados en un principio que los unifica y les da sentido: “Actúa siempre con toda justicia” (16, 20). La justicia es el fundamento de la vida y de la unidad del Pueblo de Dios.

Si contemplamos la realidad de nuestro mundo vemos que la raíz de las divisiones y enfrentamientos entre las personas y los pueblos está en que, en vez de actuar movidos por el deseo de buscar la justicia, frecuentemente nos mueve más la obsesión de satisfacer nuestros intereses y ambiciones. Cuando esto ocurre se llega a justificar cualquier camino con tal que se realien los propios objetivos. Es entonces cuando aparece la mentira y la injusticia en las relaciones humanas y, como consecuencia, las divisiones en el seno de las familias, de los pueblos y de las naciones.

La celebración anual de la semana de oración por la unidad de los cristianos debe ser vivida, en primer lugar, como una llamada que el Señor nos dirige a todos los que nos consideramos discípulos suyos, para que esta dinámica no se introduzca en las relaciones entre los miembros de cada comunidad cristiana ni tampoco entre las distintas iglesias. La ley fundamental que debe inspirar la vida de todos los creyentes en Cristo, e incluso de aquellos que sin ser cristianos creen en Dios y lo buscan con sincero corazón siguiendo la voz de su conciencia moral, debería ser el principio de actuar siempre con toda justicia. De este modo, los seres humanos, a pesar de las diferencias de religiones y culturas, llegaríamos a vivir como una única familia.

Los cristianos sentimos las divisiones que hay entre nosotros como algo no querido por el Señor. Por ello debemos poner todos los medios a nuestro alcance para superarlas: conocimiento mutuo, encuentros fraternos, oración en común, diálogos teológicos y doctrinales, etc… Ninguno de ellos producirá frutos si no actuamos movidos por el deseo de justicia, lo que nos llevará a la búsqueda de la verdad y a un mayor aprecio entre nosotros.

Con mi bendición y afecto.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa