En el ambiente propio de estas fiestas de Navidad la Iglesia nos invita a fijar la mirada en la familia de Nazaret, porque ese es el camino adecuado para entender la importancia que esta realidad humana tiene para todo ser humano que viene a este mundo. En este tiempo en el que es cuestionada y donde convicciones y valores que la han sustentado durante generaciones están en una profunda crisis, la Iglesia no quiere ofrecernos una teoría abstracta, sino invitarnos a mirar a la familia de Nazaret para descubrir en ella un signo de la presencia real del Reino de Dios en nuestro mundo.

Estos días celebramos que el Hijo de Dios se ha hecho realmente hombre. Su humanidad es verdadera, no aparente, y por ello Jesús se sometió a las leyes del crecimiento humano, aceptó el tiempo de vida oculta, vivió la mayor parte de su vida en el ambiente familiar de Nazaret. Así, la familia fue la primera realidad humana con la que se encontró el Hijo de Dios y santificó con su presencia.

El hecho de que el Hijo de Dios, que no sólo es perfectamente hombre sino que es “el hombre perfecto”, haya crecido en una familia nos revela la importancia que esta tiene en el designio divino sobre la humanidad. El Padre ha querido para su Hijo una familia, lo ha confiado a María y a José, a quienes ha hecho partícipes de su autoridad sobre Cristo, y Él, obediente a la voluntad del Padre, se ha sometido a esta autoridad. Sólo la familia ha sido considerada por Dios como el ámbito humano natural de crecimiento de su Hijo. Es en Nazaret donde Jesús va creciendo en la perfección de su humanidad: “El niño crecía en estatura, en sabiduría y en gracia ante Dios y ante los hombres”.

A la luz de la importancia de la familia para el Hijo de Dios descubrimos también la importancia que tiene para toda persona que viene a este mundo. Es el ámbito de acogida de una nueva vida, el lugar en el que las personas estamos llamadas a alcanzar la perfección de la humanidad, y donde todo ser humano debe sentirse seguro frente a las amenazas que puedan venir de este mundo. Si Dios quiso que su Hijo creciera en el seno de una familia, podemos pensar que esto es lo que quiere para todos sus hijos, para todos los hombres.

Ninguna institución ni realidad puede sustituir el papel de la familia para la humanización de la sociedad y para que el Reino de Dios, que comenzó también a hacerse presente en nuestro mundo en el hogar de Nazaret como una pequeña semilla escondida, vaya creciendo cada día más. Contemplando cómo Dios ama a la familia que ha querido para su Hijo, descubrimos también el amor que Él tiene hacia todas las familias y la importancia de ésta para que todos puedan crecer y desarrollarse en sabiduría y en gracia ante Dios y los hombres. Que no nos cansemos de anunciar el evangelio de la familia y de proponer esta vocación a los jóvenes como un camino de vida y de felicidad.

Con mi bendición y afecto, os deseo un año nuevo lleno de la gracia del Señor.

+ Enrique Benavent Vidal,
Obispo de Tortosa.