El pasado 1 de enero celebramos la Jornada Mundial por la Paz. El papa Francisco, en el mensaje que ha dirigido a la Iglesia y a todo el mundo nos recuerda que el bien de la paz, al que aspira toda la humanidad y es objeto de la esperanza de todo ser humano, es un bien precioso por el que no debemos dejar de luchar, ya que el camino que nos lleva a ella es un compromiso constante en el tiempo. La humanidad lleva en su memoria y en su carne los signos de las guerras y de los conflictos que, con una capacidad destructiva cada vez más grande, afectan especialmente a los más pobres y débiles. Ante la experiencia de que los conflictos se suceden uno tras otro, la gran tentación es el desánimo, la pérdida de la esperanza y el pensar que estamos ante un ideal por el que no vale la pena luchar. La virtud de la esperanza no consiste en una espera pasiva, sino que es una actitud humana que contiene una tensión existencial que orienta y sostiene nuestro compromiso por un mundo mejor. El Papa nos recuerda que la meta de la paz es tan grande que justifica el esfuerzo del camino para alcanzarla, por lo que el desánimo no debe invadir el corazón de los cristianos.

En determinados momentos podemos pensar que la paz depende únicamente de las grandes decisiones de los poderosos y que lo que nosotros podemos hacer es irrelevante. Este año el Papa nos indica algunas actitudes en nuestras relaciones con los otros que pueden ayudar a crear una cultura de la paz. Desde la experiencia de su reciente viaje al Japón, nos invita a mantener la memoria de los acontecimientos de la historia que han sido especialmente destructivos, “no solo para evitar cometer nuevamente los mismos errores”, sino para que esta memoria “constituya la raíz y sugiera el camino para las decisiones de paz presentes y futuras”.

El compromiso por la paz implica también vivir un camino de reconciliación en la comunión fraterna, que nos lleve a encontrar en lo más profundo de nuestros corazones la fuerza del perdón y la capacidad de reconocernos hermanos de todos los hombres. “Aprender a vivir en el perdón (afirma el Papa) aumenta nuestra capacidad de convertirnos en mujeres y hombres de paz”.

Otro camino para ser constructores de una cultura de la paz es la conversión ecológica, que nos lleva a combatir la falta de respeto por la casa común y la explotación abusiva de los recursos naturales. Estos no son herramientas para el beneficio inmediato de unos pocos, sino un don de Dios a la humanidad para que todos puedan vivir dignamente y en paz. La conversión ecológica nos debe llevar a una nueva mirada sobre la vida considerando la generosidad del Creador que nos dio la tierra, y nos recuerda la alegre sobriedad en el compartir. Viviendo de este modo se transforman las relaciones con los demás y se siembra la paz.

Esta no se logra si no se la espera. No dejemos de creer en la posibilidad de alcanzarla, y que nuestros pequeños gestos ayuden a crear una cultura que nos lleve a ella.

+ Enrique Benavent Vidal,
   Obispo de Tortosa.