¿Para qué rezar? Únicamente cuando tenemos clara la respuesta a esta pregunta podemos entender lo específico de la oración cristiana. Muchas personas sienten necesidad de orar “para sentirse bien”, “para encontrarse consigo mismo” o para “tranquilizar su espíritu”. En este caso la oración queda reducida a una reflexión para tomar consciencia de los movimientos interiores del propio espíritu y de los propios deseos y, de este modo, poder dominarlos y alcanzar la paz. Así la oración se convierte en una meditación que no es propiamente cristiana, porque la meditación cristiana consiste en reflexionar sobre la propia vida confrontándola con la Palabra de Dios para iniciar un camino de conversión. Esto no excluye que podamos emplear técnicas que nos ayuden a serenar el espíritu y nos predispongan positivamente a la oración, pero no podemos confundirlas con ella.

Para un cristiano la meta de la oración y de todo el camino de la existencia es Dios, que es el fin último del hombre, y no debe ser instrumentalizada en función de otras finalidades. La oración nos ayuda a crecer en las actitudes que nos unen ya en esta vida a Dios y, por tanto, nos permiten llegar a alcanzarlo un día en plenitud: la fe, la esperanza y la caridad. San Agustín lo expresa magistralmente con estas palabras: “La fe, la esperanza y la caridad conducen hasta Dios al que ora, es decir, a quien cree, espera y desea”.

La actitud fundamental que caracteriza la vida del creyente es la fe y la confianza en Dios. Gracias a ella, ante las dificultades, “no anda agobiado”, ni se “afana” por el cuerpo o por el vestido, ni por lo que va a comer o beber, ni por el mañana (Mt 6, 25-34). La fe es una adhesión filial a Dios que va más allá de lo que nosotros sentimos y comprendemos. Sabemos que esta se pone a prueba especialmente en los momentos de dificultad y tribulación, o cuando experimentamos que Dios no nos concede lo que le pedimos. En esos momentos no debemos dudar de Él ni abandonar la oración, porque no significa que se haya olvidado de nosotros, sino que nos quiere dar “bienes mayores” (San Agustín).

En la vida tenemos muchas esperanzas. Unas se realizan y otras no. En el fondo todas nos hablan de un deseo de felicidad que hay en el corazón del ser humano: “en el fondo, queremos solo una cosa: la vida bienaventurada, la vida que simplemente es vida, simplemente felicidad” (Benedicto XVI). La oración nos ayuda a mantener esta esperanza en medio de las dificultades y a crecer en ella, porque despierta en nosotros el deseo de la Vida Eterna.

La caridad es amistad con Dios. Esta amistad nos lleva a amar a los demás como hermanos nuestros. Santa Teresa de Jesús define la oración como “tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama”. Para Santa Teresa del Niño Jesús es “un grito de amor a Dios tanto en medio del sufrimiento como en medio de la alegría”. Gracias a la acción del Espíritu Santo en nuestros corazones, que “viene en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene” (Rm 8, 26), en la oración esta amistad va creciendo cada día hasta unirnos con Dios.

La oración no es, por tanto, algo secundario para un cristiano: es necesaria para quien quiere alcanzar a Dios y, con Él, la verdadera felicidad.

+ Enrique Benavent Vidal
   Obispo de Tortosa