A comienzos del curso que ahora concluimos, la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal publicó un importante documento titulado «Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo» (Sal 42, 3). Orientaciones doctrinales sobre la oración cristiana. La importancia de este documento está, en primer lugar, en el tema que aborda, que afecta a lo más nuclear y auténtico de la vivencia de la fe: la oración como momento fundamental del encuentro y la relación con Dios. Estamos ante una cuestión de gran trascendencia para el presente y el futuro de la Iglesia, porque una fe que no se alimenta en la oración no crece en el amor a Dios y llega a convertirse en algo sin alma. Sin la oración ni los creyentes ni la Iglesia en su conjunto podemos crecer en santidad.

El documento comienza haciéndonos caer en la cuenta de la situación cultural paradójica en la que nos encontramos: “la cultura y la sociedad actuales, caracterizadas por una mentalidad secularizada, dificultan el cultivo de la espiritualidad y de todo lo que lleva al encuentro con Dios. Nuestro ritmo de vida, marcado por el activismo, la competitividad y el consumismo, genera vacío, estrés, angustia, frustración, y múltiples inquietudes que no logran aliviar los medios que el mundo ofrece para alcanzar la felicidad” (n. 1). Sin embargo, esta situación no apaga la sed de Dios que hay en el corazón de todo hombre, por lo que nos encontramos también que “no pocos sienten un deseo acuciante de silencio, serenidad y paz interior. Estamos asistiendo al resurgir de una espiritualidad que se presenta como respuesta a la “demanda” creciente de bienestar emocional, equilibrio personal, disfrute de la vida o serenidad para encajar las contrariedades… Una espiritualidad entendida como cultivo de la propia interioridad para que el hombre se encuentre consigo mismo, y que muchas veces no lleva a Dios” (n. 2).

Esta mezcla de secularización y búsqueda de paz interior han favorecido que hoy nos encontramos en un “mercado” con muchas ofertas que quieren responder a la necesidad que el ser humano tiene de encontrar sentido y orientación para su vida. Algunas de estas propuestas están inspiradas en tradiciones religiosas y principios doctrinales ajenos y, a menudo, incompatibles con verdades fundamentales de la fe cristiana, con la concepción del hombre que nace de ella y con la salvación a la que Dios nos llama en Jesucristo. Pensemos, por ejemplo, en la práctica del yoga, inspirado en el budismo zen; o en el mindfulness, que tanta aceptación tiene últimamente en ciertos ambientes sociales.

Si estas prácticas fueran únicamente unas técnicas para encontrar serenidad interior, no existiría ningún problema. Pero frecuentemente se justifican en teorías sobre energías cósmicas, o sobre la interioridad del ser humano o la meta a la que se quiere llegar, que contradicen la doctrina cristiana de la creación, de la relación del hombre con el cosmos y de la plenitud que solo encontraremos en Dios. Ante esta situación el documento quiere recordar los elementos esenciales que no pueden faltar en una iniciación a la oración cristiana, que es el auténtico camino para llegar al Dios vivo y verdadero, el Único que puede saciar la sed de felicidad que hay en el corazón del hombre.

+ Enrique Benavent Vidal
   Obispo de Tortosa