El domingo que sigue a la solemnidad de la Navidad celebramos la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret. Estamos ante una celebración que es un canto a la humanidad del Hijo de Dios. Jesús nació en el seno de una familia humana. Fue acogido por su Madre y por San José que, cumpliendo fielmente esta misión colaboró también en actitud de obediencia de fe al designio de Dios sobre la humanidad. En el hogar de Nazaret Jesús creció en sabiduría y en gracia acompañado por María y por José, que fueron para Él unos auténticos educadores. Le ayudaron a progresar en los valores humanos; a estar siempre atento a las cosas de Dios y disponible a su voluntad; y a introducirse en la práctica de la religiosidad del pueblo de Israel mediante el cumplimiento fiel de las tradiciones religiosas, como vemos en el evangelio de este domingo, en el que se narra la peregrinación a Jerusalén para celebrar la pascua, cuando Jesús tenía doce años.

La misión de José consiste en cuidar y proteger al niño y a su Madre. Vivió esa misión con un verdadero espíritu paternal: en el momento de peligro huirán a Egipto y al regresar a su tierra se instalarán en Nazaret; cuando Jesús se quedó en el templo a los doce años, con María le busca angustiado; viviendo sencillamente, fue para Jesús un verdadero modelo en el trabajo y en el amor a la Virgen María que, como todo amor autentico entre los esposos, era un signo del amor que Cristo tendría por la Iglesia; como hombre justo que era, le enseñó que el principio de toda justicia está en la obediencia a la voluntad de Dios como norma más importante de la vida. En la pobreza del hogar de Nazaret, Jesús aprendió de él que lo verdaderamente importante y lo que hace felices a las personas no son las riquezas ni los bienes materiales. En la obediencia filial y llena de afecto a su autoridad como a un auténtico padre humano, el Señor fue educándose en el sentido de la obediencia a Dios, una obediencia que no consiste en acatar a una autoridad que se impone desde fuera y por la fuerza, sino que nace del amor.

Aunque los textos evangélicos nos narran pocos acontecimientos del tiempo de la vida oculta, en lo que se refiere a la Madre del Señor nos dicen lo más esencial: meditaba y lo conservaba todo en el corazón. Ella vive todos los momentos de la infancia de su hijo (tanto los gozosos como aquellos en los que se anticipa el misterio de la cruz) como acontecimientos de gracia. Es consciente de que Dios le habla en la historia que está viviendo con Jesús y también en todas sus acciones y palabras. Por lo que vive con una actitud contemplativa: descubriendo la gracia de Dios en todos los momentos y disponiéndose a vivir siempre en la obediencia de la fe.

Podemos decir que tanto María como José fueron auténticos referentes para Jesús porque le ayudaron a crecer humanamente, haciéndole ver lo que de verdad es importante en la vida. Pidamos a la Sagrada Familia que ayude a los padres a ser auténticos referentes en la educación de sus hijos, que les guíen para descubrir lo que es importante para ser verdaderamente felices; y que proteja a tantos jóvenes que en nuestro tiempo carecen de un hogar donde puedan crecer en sabiduría y en gracia ante Dios y los hombres.

Feliz año nuevo a todos.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa