El próximo miércoles, con el rito sencillo de la imposición de la ceniza sobre nuestras cabezas y con el primer ayuno, iniciaremos el tiempo de Cuaresma, un momento de gracia y renovación de nuestra vida cristiana que, si lo vivimos con autenticidad, nos preparará para celebrar dignamente la solemnidad de la Pascua. La mejor forma de comenzar este tiempo, si queremos ir a lo esencial, es que cada uno de nosotros revisemos la situación en la que se encuentra nuestra vivencia de la fe.

Seguramente la mayoría de los que leéis semanalmente este escrito no sois personas alejadas de la Iglesia. Pero no debemos olvidar que para ser un buen cristiano no basta con participar en la vida de la Iglesia. Ello nos debe llevar a estar cada día más cerca del Señor. Puede ocurrir que al mirar la verdad de nuestra vida descubramos que, aunque no estamos alejados porque estemos integrados en la comunidad cristiana, y esto sin duda nos acerca a Dios, en realidad sí que podríamos estar más cerca del Señor, porque podemos crecer cada día más en su amistad. Si reflexionamos desde esta perspectiva, seguramente llegaremos a la conclusión de que todos estamos un poco alejados del Señor y que podríamos acercarnos más a Él. Si nos ocurre algo de esto, os invito a que en este tiempo nos fijemos en la figura del hijo pródigo y que, como él,  no tengamos miedo de decir: “Me pondré en camino a donde está mi Padre” (Lc 15, 18).

Muchos de vosotros seguramente tendréis un compromiso concreto en vuestras parroquias y en la diócesis. Otros, como los sacerdotes, religiosos, religiosas, le hemos entregado nuestra vida al Señor. Pero en determinados momentos puede ocurrir que nos falta ilusión porque los resultados no son los que nos gustaría; que perdamos la alegría en el compromiso y la generosidad en la entrega, y acabamos dejando de creer en lo que hacemos porque en la sociedad no es valorado como algo importante. Si estamos viviendo así la vocación os invito a recordar una palabra de Jesús: “Creed en Dios y creed también en mí” (Jn 14, 1).

Muchos cristianos, además de participar y estar comprometidos en la Iglesia, se sienten llamados a intensificar su vida cristiana mediante la práctica de la oración, la limosna y la austeridad. También en este caso puede aparecer la tentación: esperar un reconocimiento por lo que hacemos, que nos puede llevar al orgullo de sentirnos mejores que los demás. Para que no nos ocurra esto os invito a no esperar otra recompensa que la del “Padre, que ve en lo escondido” (Mt 6, 18).

El mensaje que el Papa Francisco ha dirigido a la Iglesia para esta Cuaresma nos hace pensar que si nos ocurre algo de esto, es porque posiblemente “la caridad se ha apagado” en muchos corazones.  Pero el Papa nos recuerda también que “en el corazón de Dios no se apaga”, y que “Él siempre nos da una nueva oportunidad para que podamos empezar a amar de nuevo”. Este es el verdadero motivo para empezar con ilusión este tiempo de gracia.

Con mi bendición y afecto.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa