El día 11 de febrero, festividad de la Virgen de Lourdes, se celebra en toda la Iglesia la jornada mundial del enfermo. En la catedral celebraremos la Eucaristía con los enfermos y sus familias el domingo 17, preparada por la Hospitalidad diocesana de Nuestra Señora de Lourdes. Esta jornada no nos debería dejar indiferentes a nadie porque la enfermedad es una realidad que forma parte de nuestra vida, bien porque nos afecta personalmente o porque toca a personas cercanas a nosotros, como pueden ser familiares, amigos o simplemente conocidos. Cuando pasamos por la experiencia de la enfermedad o nos llega noticia de que una persona conocida está pasando por una situación difícil, no podemos quedarnos insensibles a su sufrimiento.

La enfermedad, especialmente cuando reviste una cierta gravedad y el futuro es incierto, es el momento en el que el ser humano experimenta de un modo más radical su pobreza y, por ello, cuando más necesitado está de ser atendido, escuchado y acompañado. En la tradición cristiana visitar y cuidar a los enfermos es una de las obras de misericordia que está al alcance de todos: lo único que se necesita es tiempo y superar la tentación de la comodidad o el temor que puede provocarnos el encuentro con el enfermo o con sus familiares.

Cuando nos acercamos a los textos evangélicos, una de las cosas que salta a la vista en primer lugar es la cercanía del Señor a los enfermos. La enfermedad era para Jesús uno de los ámbitos privilegiados para manifestar la misericordia y el amor del Padre hacia la humanidad, y también una ocasión para visibilizar la salvación que Él ofrecía a los hombres, que no tiene únicamente una dimensión espiritual, sino que alcanza a la persona humana en todo su ser: los milagros que Jesús hacía no eran la salvación plena, eran signos del Reino de Dios que ha llegado a nuestro mundo en su persona, sus palabras y sus acciones, un Reino que quiere alcanzar plenamente a todos los hombres.

Por ello la pastoral con los enfermos y con sus familias debería ser un aspecto fundamental en la vida de nuestras parroquias. Ante la gran cantidad de ámbitos que integran la misión de la Iglesia y la urgencia que tienen muchos asuntos, corremos el peligro de desatender pastoralmente a los enfermos, una tentación en la que no deberíamos caer.

En su mensaje para la jornada de este año, el papa Francisco nos invita a reflexionar sobre unas palabras del Señor, que son la norma fundamental de toda la vida pastoral de la Iglesia: “Gratis habéis recibido; dad gratis” (Mt 10, 8). La gratuidad, es decir, no actuar por intereses ni buscando el propio beneficio; no buscar resultados inmediatos en nuestras iniciativas; estar cerca de quien más lo necesita y no solo de los “míos”; ir más allá de aquello a lo que estamos obligados, dándonos de este modo a nosotros mismos y poniendo el corazón en aquello que hacemos intentando que la gracia del Señor alcance a los otros, es lo que manifiesta la autenticidad de nuestra acción evangelizadora. Esta gratuidad se verifica sobre todo en la cercanía a los enfermos y a sus familias. Una Iglesia que se olvida del sufrimiento ha olvidado la ley fundamental que hace auténtica la evangelización.

Con mi bendición y afecto.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa