El pasado 1 de enero, coincidiendo con el comienzo del año nuevo celebramos la Jornada Mundial de la Paz, un día que desde el año 1968 por iniciativa del papa san Pablo VI dedicamos a orar por esta intención. En el lema elegido para este año el papa Francisco quiere recordar a nuestro mundo que la buena política es la que está al servicio de la paz. Todos los hombres de buena voluntad que trabajan por el bien de la sociedad, y de un modo especial los que se declaran católicos y quieren vivir esta misión como un compromiso que nace de la fe, no deben olvidar que son ellos los que tienen la responsabilidad de construir la paz como la buena noticia para un futuro en el que cada ser humano sea respetado en su dignidad y sus derechos. Si miramos la realidad que nos rodea, creo que el mensaje del Papa es de una gran actualidad, porque si quienes se sienten llamados a prestar el servicio de la política hacen suyos los principios éticos y morales que el Santo Padre nos recuerda, la vida de nuestra sociedad se dignificará.

La dignidad de la acción política tiene su fundamento en las motivaciones que deben inspirar a quienes se dedican a ella, que no pueden ser otras que el deseo de trabajar por el bien común de todos los ciudadanos y del conjunto de la sociedad. Por ello, quien se dedica a la política debe saber que está llamado a vivir una especie de renuncia a trabajar por sus propios intereses. No será nunca un constructor de la paz quien actúa pensando sólo en la defensa de sus intereses personales y de su partido. Si la búsqueda del bien común exige a todos los ciudadanos una renuncia a anteponer el bien propio al del conjunto, los políticos son los primeros que están llamados a actuar con ejemplaridad.

La política será un camino para la paz si los dirigentes de la sociedad se sirven del diálogo como instrumento en la vida de las instituciones. El auténtico diálogo nace de la verdad; evita que las legítimas diferencias que pueda haber entre los distintos proyectos lleguen a convertirse en divisiones irreconciliables; supone el rechazo al uso de todo tipo de violencia verbal en el funcionamiento de las instituciones; está abierto a las razones del adversario; y en un sistema democrático en el que se parte de unas reglas consensuadas por la mayoría, implica la exigencia de no descalificar globalmente como antidemocrático a quien piensa de un modo distinto. En una sociedad como la nuestra, en la que existe un respeto a los derechos y libertades fundamentales de las personas, no sirven a la paz quienes, por acción u omisión, toleran o justifican actitudes o actos que pueden llevar a admitir la legitimidad de la violencia para la consecución de los propios objetivos.

La política es un medio para la paz si quienes se dedican a ella no olvidan que el objetivo que deben perseguir no es otro que el de trabajar por una sociedad justa; y que la justicia únicamente es posible allí donde son respetadas todas las personas independientemente de su manera de pensar, y donde las más vulnerables son las primeras en ser protegidas y ayudadas.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa