Como cada año, el día dos de febrero, fiesta de la presentación del Señor en el Templo, celebramos la Jornada de la vida consagrada, en la que recordamos a tantos bautizados y bautizadas que por seguir más radicalmente a Jesucristo, le han entregado totalmente su persona viviendo como Él en pobreza, castidad y obediencia. Esta generosidad es por sí misma un testimonio que hace presente en nuestro mundo la esperanza del Reino de Dios que debe alentar el compromiso de todos los cristianos. El lema de la jornada de este año es La vida consagrada, con María, esperanza de un mundo sufriente. Sobre él quiero compartir con vosotros unas breves reflexiones.

Lo primero que debemos valorar en las personas que se han consagrado a Dios no es lo que hacen, sino lo que son. De hecho, el tema de esta jornada nos invita a considerar la vida consagrada en su unión con la Virgen María. En Ella no destaca la espectacularidad ni el éxito humano que hubiera podido tener en la sociedad de su tiempo por lo que hizo, sino la profundidad de su vivencia de fe, la grandeza de su silencio y de su obediencia a la voluntad de Dios, la confianza con la que se entregó a su Señor, la alegría por lo que Él a través de su pobre persona quería hacer en todos los pueblos, y la fidelidad con la que vivió en todo momento su a Dios. Esa vida hace de Ella un testimonio para los cristianos de todos los tiempos. Esta profundidad y sencillez no desdice la grandeza de su misión, sino que la hace más visible, porque responde a la ley del obrar de Dios, que hace las cosas más grandes de la manera más humilde.

En la medida en que los consagrados permanezcan fieles a su estado de vida y, unidos a la Madre del Señor, lo vivan con gozo, su testimonio se convierte también en un signo de esperanza para nuestro mundo, en el que tantas personas pasan por la prueba del dolor. Si conociéramos la realidad de la Iglesia universal nos sorprendería el hecho de que esta está presente en todas las pobrezas y sufrimientos, anunciando el Evangelio y curando las dolencias de tantos seres humanos. Como María, que al ofrecernos a su Hijo sembró la esperanza, se trata de una presencia que busca en todo momento sembrar esperanza en el corazón de las personas que humanamente sin ella no tendrían ningún motivo para afrontar el futuro. No podemos ignorar que esta cercanía de la Iglesia mayoritariamente es posible gracias a la generosidad y a la entrega de quienes se han consagrado al Señor.

La vida consagrada, en la diversidad de sus carismas, es un tesoro que enriquece la Iglesia. Desde el conocimiento concreto que tenemos de tantas personas consagradas que han dado y continúan dando testimonios de generosidad al Señor y de entrega a los demás en el servicio a los pobres, en la educación de los niños y jóvenes, en el cuidado de los ancianos, en las misiones, etc… tenemos la Seguridad de que la vida de nuestra Iglesia sería mucho más pobre sin ellas. Por ello, que en esta jornada sepamos agradecer a Dios su testimonio.

+ Enrique Benavent Vidal,
   Obispo de Tortosa.