Durante esta semana hemos celebrado la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. La devoción al Corazón abierto del Salvador ha tenido un gran arraigo en el pueblo cristiano y es una bendición para la Iglesia, porque a lo largo de los siglos ha despertado en muchos cristianos el deseo de crecer en santidad viviendo en gracia de Dios, acercándose a los sacramentos y creciendo así en la amistad con Jesucristo. En muchas iglesias la imagen del Jesús mostrándonos su corazón ocupa un lugar destacado y atrae la mirada de muchos creyentes que necesitan abrirle el corazón al Señor.

El símbolo del corazón nos habla del núcleo de la persona, de sus sentimientos más profundos, de las motivaciones de su actuación. El mismo Jesús nos advierte que lo que hace impuro al hombre (pensamientos perversos, fornicaciones, robos, etc) sale “de dentro” (Marcos 7, 21) de su corazón. Pero el corazón es también signo de verdad y de autenticidad. Por ello el Señor nos enseña que debemos perdonar “de corazón” (Mateo 18, 35). Lo más decisivo para conocer a una persona y lo que despierta un sentimiento de amor hacia ella no es lo que tiene, ni lo que consigue en la vida, ni lo que sabe, ni el poder que ostenta, sino lo que siente. Solo una persona que nos abre su corazón despierta en nosotros la confianza necesaria para abrirle el nuestro.

En el evangelio Jesús se abre con confianza a los discípulos y les revela que es “manso y humilde de corazón” (Mateo 11, 29). Únicamente una persona humilde despierta el afecto y la confianza necesaria en aquellos que se sienten cansados y agobiados, para que escuchen su invitación a que vayan a Él para encontrar el descanso que necesitan. El Señor nos anima también a que, fijándonos en su corazón, aprendamos de Él. Lo más importante que el cristiano tiene que aprender de Cristo es a vivir las Bienaventuranzas. Estas no son en primer lugar una norma moral (aunque encierran una gran exigencia ética), ni un programa político para transformar el mundo (aunque si todos las viviéramos el mundo sería distinto): lo fundamental es que son la expresión de los sentimientos que hay en el corazón de Cristo y la clave para entender su vida. Solo el Señor las ha vivido plenamente y solo mirándole a Él y unidos a Él en una relación de auténtica amistad, podemos hacerlas vida.

La humildad y la mansedumbre son las dos primeras bienaventuranzas. En cierto modo, incluyen todas las demás. Por amor a Cristo el auténtico cristiano desea imitarlo, porque ha descubierto que solo en Él se encuentra la auténtica riqueza y la promesa de la verdadera Vida. Solo por este motivo los discípulos podemos acoger la sencillez y la pobreza como forma de vida; renunciar a buscar la seguridad y la felicidad en lo que tenemos o conseguimos con nuestro esfuerzo y que, a menudo, consideramos un tesoro valioso; abrazar la humildad; considerar a los otros como superiores a nosotros mismos y no creernos mejores que ellos; vivir la mansedumbre que lleva a perdonar a quien nos ofende y a responder al mal con una bendición. Si vivimos así nuestro corazón será cada día más parecido al de Cristo y nuestra vida un testimonio creíble del Evangelio.

+ Enrique Benavent Vidal
   Obispo de Tortosa