Homilía en la celebración del Viernes Santo

Santa Iglesia Catedral Basílica de Tortosa
3
de abril de 2015

 

-Is 52, 13- 53, 12
-Sl 30
-Heb 4, 14-16; 5, 7-9
-Jn 18, 1- 19, 42

– Ilmo. Sr. Vicario General
– Excmo. Cabildo Catedral
– Hermanos sacerdotes
– Queridos hermanos y hermanas

1. Meditar

En la celebración de hoy hemos escuchado con respeto y devoción el relato de la pasión del Señor según San Juan. Como todas las narraciones de la pasión, es un relato rico en detalles. Para ayudarles a centrar nuestra meditación les ofrezco unas reflexiones breves sobre dos de esos detalles.

A lo largo de la Pasión, sin que los personajes que intervienen en los acontecimientos sean muchas veces conscientes, se va revelando, incluso en los momentos de la máxima humillación, la identidad más profunda de Cristo. El interrogatorio y proceso de Pilatos es de un gran dramatismo porque revela la contradicción interna que está viviendo el procurador romano. Está convencido de la inocencia de Cristo y quiere convencer a los judíos. Por eso, como los judíos no han entrado en el pretorio para no incurrir en impureza, Pilatos está constantemente saliendo del pretorio y entrando para interrogar Jesús. Cada vez que sale lo hace para intentar convencer a los judíos de la inocencia de Cristo. Pero cada vez entra más presionado para condenarlo. Cuando está dentro interroga a Jesús para descubrir quién es en realidad el Señor. El desconcierto crece en él tanto cuando está fuera como cuando está con Jesús.

En dos de las salidas, saca a Jesús y lo muestra al pueblo. En una de ellas, les dice: “Ecce homo” (Jn 19, 5). En la última salida, cuando lo saca nuevamente, inmediatamente antes de entregarlo para que lo crucificaren, les dice: “Ecce rex vester” (Jn 19, 14). Ese Jesús que ha sido condenado injustamente es “el hombre”. En palabras del Concilio Vaticano II, podemos afirmar que es “el hombre perfecto” y así se nos muestra en su pasión. La perfección de su humanidad se ha manifestado en la manera de vivir y ahora se manifiesta en la manera de morir. Ha pasado por nuestro mundo haciendo el bien; no vino a ser servido, sino a servir y dar la vida en rescate de muchos; durante su vida amó a los suyos que estaban en el mundo. La hora de la muerte no lo lleva a hundirse, ni a dejar de amar o de hacer el bien, ni a echarse atrás en su deseo de servir. Su coherencia ha llegado hasta el final. Él se manifiesta como el hombre, como lo que debería ser todo ser humano. Él nos muestra el camino de la verdadera humanidad. Es el hombre perfecto.

En la última salida Pilatos lo presenta como el Rey. Ha sido el tema principal del interrogatorio y del proceso ante el Procurador romano. Jesús ha confesado su realeza: “Tú lo dices: soy rey” (Jn 18, 37). Pero su reino, a diferencia de los reinos de este mundo, no se sirve de la violencia (Jn 18, 36), sino que se realiza a partir del testimonio que Él ha dado de la verdad (Jn 18, 37). La verdad se contrapone a la violencia. Él, que ha dado testimonio de la verdad con su vida, va a mantenerse hasta la muerte en ese testimonio en favor de la verdad. A pesar de que la mentira y la violencia parecen más eficaces para lograr los objetivos que nos proponemos, Jesús se mantiene fiel a la verdad, con una fidelidad que lo lleva a aceptar el sufrimiento y la muerte por ella. En un mundo que se sirve tantas veces de la violencia para imponer la verdad, Jesús no sigue ese camino. Su testimonio consiste en dar la vida por la verdad.

2. Escuchar

En segundo lugar los invito a escuchar las palabras de Jesús a lo largo de su pasión. De las siete palabras que Jesús pronuncia en la cruz, el evangelista Juan nos ofrece tres: Las palabras que dirige a su Madre (“Mujer, ahí tienes a tu hijo”) y al discípulo amado (“ahí tienes a tu Madre”); el grito “tengo sed” y, al final, la declaración “Está cumplido”. Aludimos brevemente a la primera de las tres.

Los discípulos han abandonado el Señor, pero Él no ha abandonado a sus discípulos. La primera de estas palabras está dirigida a su Madre y a ella le confía la suerte de los discípulos, de toda la Iglesia, representada en el discípulo amado. Jesús no está preocupado fundamentalmente por María, porque no duda de su fe. Está preocupado por la fe de los discípulos y le encomienda a Maria que cuide de ellos. A los discípulos nos dirige una invitación a que veamos en ella a nuestra madre, el modelo de la fe viva. María al pie de la cruz está sufriendo, pero está creyendo. Su dolor es tan grande que no nos lo podemos imaginar. La liturgia cristiana pone en boca de María las palabras del profeta en el libro de las Lamentaciones: “Vosotros, los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor como el dolor que me atormenta” (Lm 1, 12). Pero su fe es más grande. Ella es en este momento la única luz de fe y de esperanza que le queda a la Iglesia y al mundo en la espera de la Pascua. Que la luz de la fe de María en medio de tanta oscuridad, ilumine las noches de nuestra vida y nos ayude a vivirlas desde la luz de la pascua. Que, mientras esperamos la resurrección, la fe de María nos sostenga en todos los momentos de nuestra vida.

3. Adorar

La liturgia del Viernes Santo es toda ella una invitación a no permanecer como espectadores que contemplan un drama desde fuera. En su sobriedad está llena de gestos y de signos que pueden llegar a conmover el corazón de los que participamos en ella. La celebración empieza con un gesto que, en su silencio, es elocuente: al comienzo, el celebrante se postra sobre el suelo, mientras la asamblea litúrgica, de rodillas, ora en silencio. Durante la proclamación de la Pasión del Señor, en el momento en que el evangelista narra la muerte, se interrumpe la lectura y volvemos a orar en silencio de rodillas. Dentro de un momento, cuando la cruz se exhiba y se muestre al mundo como el lugar de la reconciliación entre Dios y la humanidad, escucharemos la invitación para acercarnos a adorarla.

Son gestos en los que la liturgia nos invita a expresar los sentimientos que invaden el corazón de la Iglesia cuando se sitúa ante el drama de la cruz: consternación ante lo que los hombres somos capaces de hacer y admiración ante lo que Dios ha hecho por nosotros. El dolor por el pecado del mundo y la admiración ante la grandeza del amor de Dios se unen en esta celebración.

La adoración de la cruz es la respuesta llena de dolor y de amor que la Iglesia quiere dirigirle al Señor cuando revive, año tras año, el drama de su pasión bajo el velo de los ritos y de los símbolos de la liturgia. Que la celebración de hoy nos ayude a tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús.

4. Interceder

La liturgia de la Palabra de hoy concluye con la Oración Universal, que en esta celebración adquiere una solemnidad inusual. Hoy la Iglesia no quiere orar únicamente por ella misma, sino que quiere hacerlo por todos, no quiere olvidarse de nadie y nos invita a unirnos a esa oración. Tras este signo hay un motivo teológico: Cristo no murió únicamente para salvar a la Iglesia, sino para salvar a toda la humanidad. Él intercedió en la cruz por los pecadores y suplicó el perdón para sus perseguidores y ahora, en la gloria del Padre, continúa intercediendo por nosotros ante Él. Nosotros queremos unirnos a esa oración de Cristo, queremos que nuestra oración sea la expresión de la oración del Señor en su pasión.

La oración tiene un carácter universal: alcanza a cristianos y no cristianos, a creyentes y no creyentes, a las autoridades y a los que sufren por cualquier causa. A todos, porque la salvación es para todos y deseamos que llegue a todos. Y es oración, porque sabemos que quien salva al mundo es Cristo, y únicamente Cristo. La Iglesia y, en ella, cada uno de los cristianos, estamos llamados a ser instrumentos de esa salvación. Hoy oramos en forma de súplica, porque esa salvación es gracia del Señor, algo que no tenemos derecho a exigir. Únicamente lo podemos suplicar.

Que el Señor nos conceda a nosotros y a todo el mundo, especialmente a aquellos que por sus sufrimientos están más unidos al misterio de su cruz, la gracia de su salvación.

Que así sea.

+ Enrique Benavent Vidal,
Obispo de Tortosa.