Misa de la Cena del Señor

Santa Iglesia Catedral Basílica de Tortosa
Jueves
Santo, 2 de abril de 2015

 

– Ilmo. Sr. Vicario General
– Excmo. Cabildo Catedral
– Estimados hermanos en el sacerdocio
– Queridos hermanos y hermanas en el Señor

1. La hora decisiva de la vida de Jesús

El texto del Evangelio de Juan que se acaba de proclamar nos sitúa en el contexto que da sentido a la celebración de la Eucaristía en la tarde del Jueves Santo: Jesús sabía que “había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre” (Jn 13, 1). Es la hora en la que debe llevar a cumplimiento su misión salvadora, aquella hora para la que Él había venido al mundo (Jn 12, 27), es la hora de su exaltación, la hora en la que debe dejar el mundo para volver al Padre (Jn 16, 28).

Es un momento de una gran intensidad. Es el momento más decisivo de toda su vida. Ahora sabe que su voluntad de obediencia a la voluntad del Padre y de servicio de amor a los hombres ha de llegar hasta el extremo. Es la hora de la decisión definitiva, en la que el Señor lo va a dar todo y tiene que llegar hasta el final. Jesús es consciente de que esta última etapa de su vida pasa por la cruz y de que, por fidelidad a la voluntad del Padre, debe encaminarse hacia ella. Es para el Señor un momento difícil: su alma está agitada (Jn 12, 27).

Es también la hora en que los amigos tienen que despedirse porque van a vivir el drama de la separación. Sabe también que este hecho será también para sus discípulos un momento difícil de entender y una prueba muy dura de aceptar, una situación en la que su corazón se turbará (Jn 14, 1). En este momento el Señor tiene que disponerse interiormente para comenzar el camino de la cruz y tiene que fortalecer el corazón y la fe de los suyos para que puedan soportar la prueba de la separación y la soledad que les causará su ausencia de este mundo.

2. La Eucaristía, ofrenda de sí mismo y testamento de su amor

En esta noche en la que “iban a entregarlo” (1Co 11, 23), compartiendo todos estos sentimientos con sus discípulos, Jesús “tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo <<Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía>>. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: <<Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que bebáis, en memoria mía” (1Co 11, 24-25).

En esta narración de la institución de la Eucaristía, que nos ha transmitido San Pablo en la Primera Carta a los Corintios y que se ha proclamado en nuestra celebración, destacan dos detalles que no nos pueden pasar desapercibidos si queremos entender el significado que Jesús quiso dar a este gesto. Al Señor “iban a entregarlo”. Pero antes de que suceda esto, Él toma el pan, lo parte y dice que ese pan es “su cuerpo que se entrega por nosotros”. Antes de que lo entreguen, el Señor se ha entregado a sí mismo.

A Jesús le van a quitar la vida. Él lo sabe y, a pesar de esto, ha sido fiel a su misión y a la voluntad de Dios. Por eso, a Él no le quitan la vida, sino que la da voluntariamente. Su muerte violenta fue una injusticia más de las muchas que se cometen en nuestro mundo, pero fue algo más. El Señor transformó la muerte violenta que se aproximaba en una donación de sí mismo, en un sacrificio voluntario, en una ofrenda de su propia vida. Y lo hizo “pronunciando la acción de gracias” (1 Co 11, 24). No se encamina hacia la muerte como quien ve que le viene una desgracia inevitable y no puede huir de ella, sino haciendo de la entrega de su vida el supremo acto de amor al Padre y a los hombres. Es esta transformación amorosa de la muerte violenta en un sacrificio voluntario, lo que hace de la cruz un misterio da salvación. Es el amor lo que salvará al mundo. En el momento decisivo, en la hora suprema de la verdad, Jesús lo da todo, se da a sí mismo. En la Eucaristía da gracias al Padre por todo lo que ha sido su vida y por lo que va a ser su muerte: el momento supremo de la glorificación del Padre.

Hay un segundo detalle. Al instituir la Eucaristía, Jesús les dice a sus discípulos que el pan es su cuerpo entregado “por vosotros”. Su entrega es ofrenda de sí mismo al Padre en favor nuestro. La Eucaristía es el testamento del amor de Cristo, de un amor que le había acompañado a lo largo de toda su vida y que en esta hora llega “hasta el extremo” (Jn 13, 1). Cuando a los hombres nos llega el momento de salir de este mundo hacemos un testamento en el que dejamos nuestras cosas y nuestros bienes a las personas queridas. También en el momento de su partida, Jesús quiere dejar a sus discípulos el testamento de su amor. Pero no les deja bienes, sino que se da a sí mismo. De este modo, nos muestra hasta donde ha llegado su amor hacia nosotros. La Eucaristía es un testamento, es un regalo que el Señor nos ha hecho antes de pasar de este mundo al Padre, el gran tesoro que Él nos ha dejado. No es algo de gran valor material, es un elemento insignificante para aquel que no conoce a Cristo o no tiene fe, pero para nosotros los cristianos es un tesoro de un valor incalculable, porque en este sacramento, ha dicho el Concilio Vaticano II, se “contiene todo el bien espiritual de la Iglesia… Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida” (PO 5).

Quien ha conocido en su vida el amor de Cristo, no puede más que valorar el signo y el testamento de ese amor. Quien no siente aprecio por el sacramento de la Eucaristía es, seguramente, porque no ha llegado a conocer la profundidad y la grandeza del amor de Cristo.

3. Acoger el amor de Cristo.

Después de distribuir el pan y el cáliz entre sus discípulos, Jesús les manda: “Haced esto en memoria mía”. Cada vez que los cristianos nos reunimos, como hacemos esta tarde, para la celebración de la Eucaristía, estamos haciendo memoria de su amor. Y al hacer memoria agradecida de ese amor que le llevó a entregar su vida, lo acogemos en nuestra vida, y nos hacemos instrumentos de ese amor para el mundo.

Un cristiano no es alguien que se considera a sí mismo mejor que los demás, sino alguien que se sabe necesitado del amor de Cristo. En el Evangelio que se ha proclamado hace un momento, hemos escuchado un diálogo entre Jesús y Pedro. Jesús quiere lavarle los pies a Pedro y éste se resiste. Ciertamente en la actitud de Pedro hay un elemento humanamente comprensible. Pedro no quiere que el Señor se humille ante él, no se siente digno de que el Señor le lave los pies, le parece una locura. Pero el Señor le dice a Pedro: “Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo” (Jn 13, 8). Jesús le suplica a Pedro que tenga la humildad de dejarse amar por Él. Esta es la grandeza del mensaje de Jesús: lo primero que nos pide no es que le mostremos nuestras cualidades, ni nuestras fortalezas, ni que le demostremos hasta dónde estamos dispuestos a trabajar o a sufrir por Él, ni que le demos todo lo nuestro… Lo primero que el Señor nos pide es que nos dejemos amar por Él. Para “tener que ver con Él” no nos pide más que nos dejemos amar por Él, que nos dejemos perdonar por Él, que tengamos la humildad de acoger su amor.

Celebrar la Eucaristía es un acto de humildad y de gratitud al Señor. Es tener la humildad de sabernos necesitados de su amor y de agradecerlo siempre al Señor. Estamos viviendo una situación en la Iglesia en la que muchos cristianos han abandonado la Eucaristía. Es una situación que entristece la vida de la Iglesia. Es expresión de la mentalidad de un mundo orgulloso y autosuficiente que piensa que no está necesitado del amor de Cristo. Pero si no nos dejamos amar por Cristo no podemos tener parte con Él. Quien se aleja de la Eucaristía se separa de la comunidad y acaba distanciándose de Cristo. El Señor, que suplicó a Pedro que se dejara lavar por Él, nos pide que no seamos indiferentes a su amor, que tengamos la valentía de acogerlo y de recibir este testamento de su amor.

Pero el Señor no nos pide que acojamos ese amor de un modo egoísta, pensando que su gracia nos debe llevar a considerarnos superiores a los demás. Quiere que lo acojamos para que podamos ser instrumentos de su amor para el mundo: “Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 14). La Eucaristía es vivida con autenticidad cuando nos transforma y nos lleva a superar nuestro egoísmo haciendo de nosotros instrumentos del amor de Cristo.

4. Proclamar su muerte hasta que vuelva

“Cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva” (1Co 11, 26). En la Eucaristía no sólo acogemos el don del amor de Cristo, sino que lo anunciamos al mundo hasta que Él vuelva. La Iglesia tiene la misión de anunciar el Evangelio a todos los hombres y en todos los tiempos, hasta que el Señor vuelva. La Eucaristía es el momento más importante de este anuncio. Por ello es el centro de toda la vida de la Iglesia. Todo nace de la Eucaristía y todo termina en ella.

Sin la Eucaristía la Iglesia se convertiría en una sociedad humana que, poco a poco, iría muriendo y desvaneciéndose. Ella vive y crece por la Eucaristía, porque de la Eucaristía mana hacia ella como de una fuente, la vida de la gracia. Si la Iglesia abandona la Eucaristía poco a poco va muriendo y el anuncio del Evangelio se vuelve estéril. La Eucaristía es proclamación, anuncio de Cristo y de su amor a un mundo que sin ese amor, se convertiría en un mundo inhabitable.

Hemos entrado en la noche en la que Jesús iba a ser entregado a la muerte. Nos hemos sentado a la mesa con Él. Que sepamos estar junto a Él en su pasión y su cruz, para poder llegar a vivir el gozo de su resurrección.

Que así sea.

+ Enrique Benavent Vidal
Bisbe de Tortosa