Santa Iglesia Catedral Basília de Tortosa
Martes Santo
, 31 de marzo de 2015

 

– Is 61, 1-3a. 6a. 8b-9
– Sl 88, 21-22. 25. 27
– Ap 1, 5-8
– Lc 4, 16-21

– Ilmo. Sr. Vicario General.
– Excmo. Cabildo Catedral.
– Estimados hermanos en el sacerdocio, que dentro de un momento vais a renovar las promesas que hicisteis ante vuestro obispo el día de vuestra ordenación sacerdotal. Esta renovación es especialmente significativa para Mn. Paco Vives, Mn. Domingo Escuder, Mn. José María Subirats i Mn. Isaïes Riba, que celebráis el 50 aniversario de la ordenación sacerdotal. Y para Mn. Carlos Castán, que este año celebras el 25 aniversario. Todos nos unimos a vuestra acción de gracias al Señor y le pedimos que os conceda la gracia de vivir esta renovación de las promesas sacerdotales con la misma alegría e ilusión con que las pronunciasteis aquel día.
– Queridos diáconos y seminaristas.
– Hermanas y hermanos en el Señor.

1. Una celebración que refuerza la fraternidad sacerdotal

La Misa Crismal, que precede a las celebraciones del triduo sacro y que las prepara, visibiliza sacramentalmente la naturaleza más profunda de la Iglesia, que no es otra que ser un misterio de comunión. El Concilio Vaticano II ha empleado una imagen muy sugestiva para expresar lo que la Iglesia está llamada a ser según el plan de Dios: Ella es, ha afirmado el Concilio, “familia de Dios” (LG 6). Esta imagen nos ayuda a entender su misión, que no es otra que anunciar el Evangelio para que todo el género humano, que Dios ha querido que forme “una única familia”, en la que sus miembros “se traten entre sí con espíritu fraterno” (GS 24), llegue a convertirse en “familia de Dios” en la que la ley más importante sea el mandamiento del amor (GS 32). La Iglesia existe para que la humanidad “como familia amada por Dios y por Cristo” (GS 32), dé gloria a Dios. Por ello, la comunión en la caridad es la primera exigencia de la vida interna de la Iglesia. Sólo en el ámbito de una comunión realmente vivida es posible un anuncio creíble del Evangelio en nuestro mundo.

Los primeros que estamos llamados a crecer en esta comunión somos nosotros, que formamos el presbiterio diocesano. Sabemos que la Iglesia no la formamos únicamente nosotros, somos conscientes de que es muy posible que en nuestras parroquias y comunidades haya muchos cristianos que, en fidelidad a su vocación, pueden vivir la vocación a la santidad con más empeño que muchos de nosotros, porque la ordenación sacerdotal no nos hace automáticamente más santos que al resto de los cristianos. Pero no podemos olvidar que, por nuestra situación objetiva en la Iglesia, somos como un espejo en el que se miran los cristianos. Por ello, la llamada a crecer día a día en el espíritu de comunión eclesial, debe impregnar nuestra vida sacerdotal y la vida de nuestro presbiterio diocesano.

El Concilio Vaticano II nos ha recordado que los presbíteros “están unidos todos entre sí por la íntima fraternidad del sacramento” y que “forman un único presbiterio especialmente en la diócesis a cuyo servicio se dedican bajo la dirección de su obispo” (PO 8). Hoy recordamos el fundamento sacramental de nuestra fraternidad sacerdotal, y es este recuerdo el que nos debe impulsar a crecer en una fraternidad vivida.

Creo que éste es un deseo de todos y que gracias a Dios está muy vivo en el presbiterio de nuestra diócesis. Las actividades sacerdotales que celebramos a lo largo de todo el año, el espíritu de colaboración y ayuda mutua que marca nuestras relaciones, la fraternidad real que vivimos cuando alguien pasa por momentos delicados en la vida de su familia o en el ejercicio del ministerio, que son los momentos privilegiados en los que de verdad se manifiestan los sentimientos más auténticos, el respeto de unos hacia los otros, etc… Actitudes que personalmente he podido percibir en nuestro presbiterio diocesano son algo que nos tiene que alegrar y que tiene que llenarnos de alegría.

La celebración de hoy es una invitación a seguir por este camino y a profundizar en esta fraternidad sacerdotal, fundada en el sacramento del orden que todos hemos recibido como don del Señor por medio de la Iglesia. Y el camino no puede ser otro que el de la humildad en nuestras relaciones, que no es otra cosa que considerar al otro superior a mí mismo. Ninguno de nosotros, si somos conscientes de nuestras limitaciones y nuestras pobrezas, podemos pensar que tenemos más méritos que un hermano en el sacerdocio para ser llamados por el Señor. Esta actitud nos llevará a estar unidos en lo esencial de nuestra vocación sacerdotal y de la vida eclesial, a relativizar muchas de nuestras seguridades y a tener un corazón acogedor de todo aquello que puede venir de un hermano en el sacerdocio.

Pidamos al Señor que nos conceda la gracia de crecer en el deseo de que esa fraternidad objetiva, que tiene su fundamento en el sacramento que todos hemos recibido, llegue a ser de verdad una fraternidad vivida.

2. Renovar los compromisos sacerdotales

El carácter sacerdotal de nuestra celebración se visibiliza también en el momento de la renovación de nuestras promesas sacerdotales. Me gustaría detenerme y proponeros para la meditación un pequeño detalle del texto de las preguntas que el obispo hace a los sacerdotes para esta renovación. Estas preguntas no se centran en el contenido de los compromisos que adquirimos ante Dios el día de nuestra ordenación, sino en las motivaciones y el espíritu con el que estamos llamados a vivirlas.

En primer lugar, el obispo pregunta a los sacerdotes (y por supuesto, se lo tiene que plantear él mismo) si se reafirman en la promesa de cumplir los sagrados deberes que, por amor a Cristo, aceptamos gozosos el día de nuestra ordenación sacerdotal. A un mundo al que le cuesta entender la opción de vida del sacerdote, nosotros únicamente podemos decirle que sólo tenemos un motivo que justifica el hecho de haber aceptado esta opción de vida: Lo hemos hecho por el amor de Jesucristo. Y porque lo hicimos el día de nuestra ordenación por el amor de Jesucristo, lo vivimos no con tristeza, sino con gozo. Como ya dijimos en el retiro de cuaresma, la pregunta fundamental que, como sacerdotes, nos tenemos que hacer cada día es si amo a Jesucristo. Si este amor se mantiene vivo, el gozo en la vivencia del ministerio sacerdotal se mantendrá vivo. Si el amor al Señor se debilita, desaparecerá la alegría del horizonte de nuestras vidas. Que las inquietudes, las dificultades de nuestra misión, los problemas que puedan aparecer en nuestra vida, etc… no nos lleven a olvidar la pregunta que cada día como sacerdotes nos tenemos que hacer: ¿Amo a Jesucristo? ¿Continúo amando a Jesucristo? ¿Avivo en mi plegaria y en mi entrega pastoral el amor al Señor? Si la alegría de mi ministerio está viva es signo de que no se ha apagado en mí el amor al Señor.

En segundo lugar, el obispo pregunta por el deseo de ser fieles dispensadores de los misterios de Dios. Todos debemos examinarnos cada día sobre la fidelidad en la vivencia de nuestro ministerio. En esta pregunta se nos recuerdan los dos criterios que nos ayudan a discernir sobre el grado de nuestra fidelidad a la gracia recibida en la ordenación sacerdotal: ¿Vivimos nuestro ministerio sin pretender los bienes temporales y movidos únicamente por el celo de las almas? Los intereses terrenales pueden aparecer en nuestra vida. Es esta una motivación que hay que excluir porque puede viciar de raíz toda nuestra vida sacerdotal. Estamos ante una llamada a que no vivamos como aquellos pastores a los que San Agustín acusa de buscar más sus propios intereses que los de Cristo. Vivir con esta motivación, además de que no edifica la Iglesia, rompe también la fraternidad sacerdotal y la comunión eclesial.

Además de excluir esta motivación, en la pregunta se nos recuerda que el único deseo que debe inspirar el ejercicio diario de nuestro ministerio no es otro que el “celo por la salvación las almas”, el deseo de la salvación de todos los hombres. Como sacerdotes, siervos y amigos del Señor, no pretendemos otra cosa que los hombres conozcan y amen a Cristo. El Señor, antes de su pasión, dirigiéndose al Padre, exclamó: “Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3). Ésta es la pasión que debe mover toda nuestra vida sacerdotal. Que los hombres de nuestro mundo conozcan y amen al Señor y, por Él, a Dios Padre, y lleguen de este modo a la vida eterna. El celo por la salvación es el deseo que debe llevarnos a entregar nuestra vida por nuestros hermanos los hombres. Nuestra misión no se agota en lo temporal, sino que mira a la eternidad.

3. La unción del cuerpo y la unción del corazón

En la primera lectura del profeta Isaías el Mesías es presentado como el “Ungido por el Señor” y como el “enviado a dar la buena Noticia a los que sufren… para proclamar el año de gracia del Señor”. En el Evangelio vemos cómo esa palabra profética se cumple en Jesús. Jesús, el Ungido por Dios, con la palabra del Evangelio y los signos de salvación, no sólo sanaba los cuerpos, sino que tocaba el corazón de quienes se encontraban con Él y les abría horizontes de esperanza en el corazón.

Como sacerdotes estamos llamados a ser “ministros de la Palabra y del Sacramento”. Somos portadores de un mensaje y de una gracia de salvación que quiere llegar al corazón de las personas para que experimenten el gozo de la salvación. Los oleos que vamos a bendecir y el Crisma que vamos a consagrar en esta celebración son un signo de la gracia de la salvación que, desde el Misterio Pascual de Cristo que nos disponemos a celebrar, se derrama sobre toda la humanidad y es capaz de renovar el corazón de nuestro mundo.

En nuestra forma de vivir el ministerio deseamos que la gracia de la salvación toque el corazón de las personas. Por ello estamos llamados a anunciar el Evangelio y celebrar los sacramentos con el deseo de que la Palabra no sólo resuene en los oídos o la unción se reduzca a un gesto material, sino que lleguen a ser instrumentos de salvación.

Eso nos exige vivir nuestro ministerio como quienes han sido ungidos, no sólo materialmente con el Crisma sino por el mismo Espíritu Santo, con la certeza de que los signos y acontecimientos sencillos que constituyen nuestra vida sacerdotal pueden transformar la vida de las personas, acercándonos a todos con el mismo amor de Cristo y viviendo nuestro ministerio con alegría. ¿Cómo sembramos el Evangelio en el corazón de las personas? ¿Lo hacemos como portadores de una buena noticia o como meros instrumentos materiales de unas acciones que realizamos mecánicamente?

Que las dificultades que hoy experimentamos en el ejercicio de nuestro ministerio no maten la alegría en la vivencia de nuestro sacerdocio, para que, de este modo, contribuyamos con nuestra vida a que la unción de la gracia y el consuelo de la salvación lleguen al corazón del mundo.

A la Virgen María, Madre del Señor y Madre de toda la Iglesia, le encomendamos nuestro ministerio y nuestra vida. Que ella nos cuide, nos aliente y nos proteja de todo peligro.

Que así sea.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa