1. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz

Estimados hermanos: con la alegría que nace de la fe nos hemos reunido para celebrar la Eucaristía en este día solemne de Navidad. Ayer, en la Misa de la Medianoche se nos anunciaba este acontecimiento con unas bellas imágenes: en el niño que nos ha nacido, en el hijo que se nos ha dado una luz ha brillado sobre la noche de este mundo. En aquel acontecimiento ha comenzado algo nuevo en nuestra historia. La semilla de la vida se ha sembrado en un mundo que vivía bajo el signo de la muerte, las puertas de la esperanza se han abierto a una humanidad cuyo horizonte estaba cerrado. Por ello, aunque aparentemente nada ha cambiado en nuestro mundo con la venida del Señor, en realidad todo ha cambiado, porque la vida nueva se ha sembrado en nuestra humanidad. Por ello, Navidad es Evangelio, es buena noticia para todos los hombres. Si, como dice San Agustín, evangelizar es anunciar a todo el mundo que Cristo ha venido a nuestro mundo, hoy queremos que ese Evangelio, esa buena noticia resuene en todo el mundo, especialmente que llegue al corazón de aquellos que, humanamente hablando, no tienen ningún motivo para vivir en la esperanza.

En los relatos del nacimiento de Jesús del Evangelio de San Lucas que se proclaman hoy por todo el mundo, se nos ofrecen detalles muy interesantes de este acontecimiento. Les comento brevemente tres que tienen un significado teológico.

2. Os ha nacido un salvador, el Mesías, el Señor

La mención del emperador Augusto al comienzo del relato no es simplemente una indicación temporal. Lo es, ciertamente, pero va más allá de un detalle cronológico. Augusto es el emperador que logró pacificar el imperio y que, por ello, se designó a sí mismo como “Salvador” y se le atribuían rasgos divinos. Ya en su tiempo se celebraba el día de su nacimiento como el día del advenimiento de la paz al mundo. Cristo es anunciado por el ángel a los pastores como el verdadero salvador del mundo, como el mesías esperado por el Pueblo de Israel, y es todo eso porque Él es verdaderamente “el Señor”. “Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un salvador, que es el Mesías, el Señor”. Esta es la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo. Si, el niño que ha nacido en un establo, que ha sido colocado en un pesebre, que no tiene poder humano, que ha entrado a este mundo en la más extrema pobreza… Ese niño tan diferente en todo al emperador Augusto… Ese es el salvador, el que ha traído al mundo la verdadera paz. Es más, dirá San Pablo: Él es nuestra paz.

La paz de Augusto, que parecía definitiva, era en el fondo frágil. Como lo es la paz de las grandes potencias y de los poderosos de este mundo. Una paz impuesta por la fuerza, por los ejércitos, por el poder no es verdadera paz. La auténtica paz es obra de la justicia y fruto del amor, y sólo puede alcanzarse si las personas somos renovadas en lo más profundo de nuestro corazón. Si nos encontramos con el Señor, si nos dejamos transformar por Él, si le abrimos nuestra vida… Encontraremos la paz y trabajaremos sin miedo por la paz. El advenimiento de Cristo es el advenimiento de la paz. La celebración de la Navidad es una invitación a que nosotros los cristianos nos preguntemos si hemos conocido realmente a Cristo. Si somos instrumentos de su paz en nuestras familias, en nuestro mundo, en la Iglesia, etc… es signo de que le hemos conocido, porque con nuestra vida estamos dando gloria a Dios. Después del anuncio a los pastores, la legión de los ángeles canta: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”. La gloria de Dios es inseparable de la paz en la tierra: la gloria de Dios es la paz en la tierra y la paz glorifica a Dios.

3. Un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre

El segundo detalle es el signo que se indica a los pastores: “Un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. Ese niño recién nacido es Dios, Dios que se nos muestra en su verdadero ser. En la carta a Tito que se proclama en la misa de la medianoche se nos anunciaba: “Se ha revelado el amor de Dios que quiere salvar a todos los hombres”. El mismo mensaje escuchamos en el fragmento que se proclama en la misa de la Aurora: “Se ha revelado la bondad de Dios, nuestro salvador y su amor al hombre”. En ese niño descubrimos la bondad de Dios. Dios no es alguien que quiera imponerse en nuestros corazones por el camino del miedo, sino por el camino del amor. En el niño de Belén se descubre la bondad de Dios y su amor al hombre, para que podamos amar a Dios. Porque somos amados por Dios, le podemos amar.

En un sermón del día de Navidad, un monje y escritor de la Edad Media, San Elredo de Rievaulx, comentaba así el signo del niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre: “Teméis al Señor de los ángeles, pero amadle chiquitín; teméis al Señor de la majestad, pero amadle envuelto en pañales; teméis al que reina en el cielo, pero amadle acostado en un pesebre”. El niño envuelto en pañales y acostado en el pesebre es el Señor de los ángeles, es el Señor de la majestad, es el que reina en el cielo, pero sabe que si se manifestara únicamente en su poder no le amaríamos, sino que nos infundiría miedo. Por ello, se nos muestra pequeño, indefenso y pobre, para despertar en nosotros el amor a Él.

4. Había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño

El tercer detalle lo constituyen aquellos pastores, que son los primeros destinatarios de la noticia. No fue Herodes, ni los escribas, ni los sabios. Fueron unos pastores. Y fueron ellos porque eran los que estaban velando. Mientras todos dormían, ellos velaban guardando sus rebaños. Durante el tiempo del Adviento, la Iglesia nos ha exhortado a velar en oración esperando la venida del Señor. Los pastores son los que velan, los que están despiertos, los que están atentos a las cosas de Dios, los que están en oración. Ellos son los primeros que escuchan la noticia. En este mundo que duerme, permanezcamos atentos a los signos de Dios.

¿Qué hacen al escuchar la noticia? Se fueron a toda prisa. No esperaron a que amaneciera. Fueron corriendo. Es la misma reacción que tuvo María cuando, en el momento de la anunciación, se le anunció que su prima Isabel, la estéril, esperaba un hijo. También ella se fue a prisa a visitarla. La respuesta a Dios, si es auténtica, no se hace esperar. También nosotros somos invitados a ir de prisa a adorar al Señor, a manifestarle nuestro amor, amor que, si es auténtico, alcanzará a todos los hombres.

Celebremos el día del advenimiento de nuestra salvación con el gozo de María, con el silencio orante de José, con la generosidad y la alegría de los pastores. Si la vivimos así, el Hijo de Dios habrá nacido en nuestro corazón.

Feliz Navidad y que la paz de Dios inunde nuestros corazones y se derrame sobre todo nuestro mundo. Que así sea.

+ Enrique Benavent Vidal,
Obispo de Tortosa.