Solemnidad del Corpus Christi

Santa Iglesia Catedral Basílica de Tortosa
d
omingo 7 de junio de 2015

 

– Ex 24, 3-8
– Sal 115
– He 9, 11-15
– Mc 14, 12-16. 22-26

– Ilmo. Sr. Vicario General, miembros del capítulo catedralicio, Párrocos de las parroquias de la Ciudad, hermanos en el sacerdocio.
– Sr. Alcalde y autoridades de la Ciudad, Cofradía de la Virgen de la Cinta y Corte de honor, miembros de las distintas asociaciones eucarísticas presentes en nuestra diócesis.
– Queridos niños y niñas que durante las últimas semanas habéis vivido la alegría de participar por primera vez en la Eucaristía y que hoy asistís a esta fiesta del Corpus Christi. No olvidéis que cuando Jesús se os da en la Eucaristía os está ofreciendo su amistad y está esperando que también vosotros deseéis ser cada día más sus amigos. Es para todos nosotros una gran alegría veros hoy aquí acompañados de vuestros padres y familiares.
– Hermanos y hermanas en el Señor.

1. El mayor tesoro de la Iglesia

La fiesta que hoy celebramos tiene un carácter singular. La Iglesia, que celebra diariamente la Eucaristía, porque sabe que el Cuerpo y la Sangre del Señor son el alimento que ella necesita para vivir, hoy dedica un día de fiesta para agradecer al Señor el don de este admirable sacramento, para recordar a todos los cristianos que no debemos perder de vista la grandeza de este misterio.

Los seres humanos tendemos a minusvalorar las acciones que realizamos cada día y que forman parte de nuestra vida cotidiana. Lo que hacemos cada día fácilmente podemos llegar a vivirlo de una manera rutinaria. Esto nos puede ocurrir con la Eucaristía. La sencillez y la cotidianeidad nos pueden llevar a olvidar que detrás de estos sencillos elementos de un poco de pan ázimo y una copa de vino, se “contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo” (PO nº 5). Lo mejor y lo más valioso que los cristianos podemos ofrecer a nuestro mundo es a ese Cristo, que ha querido quedarse con nosotros en este sacramento, y a quien los cristianos aprendemos a conocer y a amar más cada vez que nos acercamos a recibirlo.

2. Acoger el don del Señor

¿Qué hacemos los cristianos cada vez que nos acercamos a la Eucaristía? En el Evangelio hemos escuchado el relato de la última cena, tal como nos la narra el evangelista San Marcos. Pensemos que nosotros somos aquellos discípulos a quienes el Señor envía a preparar la cena pascual y a quienes invita también a participar en ella. Les pido que reflexionemos brevemente en dos detalles de esta narración evangélica y que imaginemos los sentimientos que tendrían aquellos discípulos durante aquella cena, que compartieron con el Señor antes de su pasión.

El Señor envía a sus discípulos a que preparen la cena pascual. Pero cuando llega el momento de la cena, quien ocupa el centro es Jesús. Lo importante no es lo que los discípulos han hecho o hacen en el transcurso de la cena, sino lo que hace el Señor. Los apóstoles lo han preparado todo. Ellos tienen que estar preparados, pero preparados para recibir el don del Señor. Este detalle nos invita a considerar qué debe ser lo decisivo cada vez que participamos de la Eucaristía. Lo importante no es lo que nosotros hacemos, sino lo que hace el Señor; no lo que nosotros aportamos o le damos al Señor, sino lo que recibimos de Él. Si nosotros nos constituyéramos en actores principales de la Eucaristía y convertimos en una obra nuestra algo que es una acción sólo del Señor, fácilmente nos olvidamos del mismo Cristo y llegamos a pensar que nuestras acciones y nuestros proyectos, y no la gracia del Señor, es lo que salvará a nuestro mundo.

Hay un segundo detalle. El Señor envía a sus discípulos a que preparen la cena en la que se comía el cordero pascual. Pero cuando el evangelista nos narra cómo discurre la cena, el centro de la acción, aquello que Jesús reparte a sus discípulos, no es el cordero pascual. El centro lo ocupa el pan y el vino, el cuerpo y la sangre derramada del Señor. Estamos ante el don que el Señor hace de sí mismo, de su persona y de su vida. Estamos ante un gran misterio: el pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre del Señor y el mismo Señor se convierte en alimento de sus siervos. No somos dignos de un don tan grande. Por ello, participar en la Eucaristía no puede convertirse en una obligación, sino que es acoger un regalo que nos hace el Señor, frente al cual no podemos más que sentirnos indignos por nuestra pobreza. No vivamos la Eucaristía como una obligación, sino con la gratitud de quien recibe un regalo que no hubiera podido imaginar. Convertir la Eucaristía en una obligación es desconocer su significado más profundo.

3. Sangre de la Alianza

Las dos primeras lecturas nos hablan de una alianza sellada por la sangre. En el Antiguo Testamento, la aspersión del altar y del pueblo con la sangre del mismo animal sacrificado es el signo de la alianza entre Dios y su pueblo. Dios y el pueblo están unidos como si se tratara de miembros de una misma familia, como aquellos que comparten una misma sangre. En la segunda lectura, el autor de la Carta a los Hebreos nos habla de la sangre de Cristo, que es la sangre de la nueva y definitiva alianza. Es la sangre de Cristo la que une definitivamente a Dios y a la humanidad.

La Eucaristía nos une a Cristo con una unión tan real y tan profunda que nos convierte en miembros de su cuerpo. Si queremos estar unidos a Cristo no abandonemos la Eucaristía. Quien la abandona se aleja cada día más del Señor en su corazón y en su vida.

Puesto que la Eucaristía nos une a Cristo, nos lleva a compartir sus mismas actitudes, sus sentimientos de amor a todos los hombres y especialmente a los más necesitados y a los más pobres. Hoy, día del Corpus Christi, somos invitados a compartir nuestros bienes con los más necesitados colaborando con Caritas. La Eucaristía se hace vida cuando ensancha nuestro corazón y nos lleva a incluir en él a los más pobres y necesitados del amor de Cristo. Seamos generosos en nuestra solidaridad con los pobres.

4. Caminar acompañados por Cristo

Un rito característico de esta fiesta del Corpus Christi lo constituye la solemne procesión que recorre las calles de nuestros pueblos y ciudades. Es un signo muy expresivo de lo que es la Iglesia: somos un pueblo que camina por el mundo alegre y confiado, porque nos sentimos acompañados por el Señor y eso nos infunde seguridad y confianza. Lo importante de la procesión no es que acompañamos al Señor, sino que tenemos la certeza de que, aunque seamos pocos y vivamos la fe en un mundo a veces tan alejado del Señor, estamos contentos porque Él no nos abandona: viene con nosotros y camina a nuestro lado.

Pero la procesión tiene un segundo significado. Cristo quiere llegar a todos, quiere decir a todos los hombres, y no sólo a los que participamos habitualmente en la Eucaristía, una palabra:
– A quienes se han alejado de Él hoy les dice: venid, la mesa está preparada
– A los cansados y abatidos les dice: venid a mí los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré
– A quienes no encuentran el camino en su vida les dice: yo soy el camino
– A aquellos que buscan la verdad les dice: yo soy la verdad
– A los que tienen hambre de justicia les dice: yo soy el pan de vida
– A quienes tienen sed de un mundo mejor les dice: venid a mí todos los sedientos. De mi costado abierto brota una fuente a la que todos estáis invitados a beber
– A todos los hombres y mujeres de nuestro mundo les dice: yo soy la vida.

Pidamos al Señor que nuestro mundo no sea indiferente a esta invitación que Él nos hace para participar en el banquete de su Cuerpo y de su Sangre. Que así sea.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa.