En el último capítulo de la exhortación Gaudete et exultate el Papa nos recuerda un peligro al que estamos expuestos todos los cristianos: la falsa seguridad en nosotros mismos que nos lleva a vivir sin dar importancia a ciertas situaciones que pueden ser una amenaza para la vida cristiana; o sin la inquietud de progresar en el seguimiento de Cristo para vivirlo cada vez con más intensidad. El cristiano no puede olvidar que su santidad está constantemente amenazada y que cuando no vive en el deseo de progresar en este camino, acaba retrocediendo. Para evitar esta tentación el papa Francisco nos recuerda que la vida cristiana implica combate, vigilancia y discernimiento.

El cristiano tiene que luchar contra la mentalidad mundana que nos puede llevar a la mediocridad en la vivencia de la fe; también contra las propias fragilidades e inclinaciones (cada cual debe conocer las suyas). Pero sobre todo, incide el Santo Padre, es “una lucha constante contra el diablo, que es el príncipe del mal” (nº 159). El Papa insiste en que no debemos pensar que es simplemente “un mito, una representación, un símbolo, una figura o una idea. Ese engaño nos lleva a bajar los brazos, a descuidarnos y a quedar más expuestos” (nº 161). La acción del demonio, que no debe identificarse con comportamientos psicológicos anormales, se descubre por sus efectos en el cristiano: “Nos envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios. Y así, mientras nosotros bajamos la guardia, él aprovecha para destruir nuestra vida, nuestras familias y nuestras comunidades” (nº 161). Quien no mantenga este espíritu de lucha “se verá expuesto al fracaso o a la mediocridad” (nº 162). Las armas para este combate ya las conocemos: “la oración, la meditación de la Palabra de Dios, la celebración de la Misa, la adoración eucarística, la reconciliación sacramental, las obras de caridad, la vida comunitaria, el empeño misionero” (nº 162). Debemos estar vigilantes para no caer en la tibieza que puede acabar corrompiendo la vida espiritual.

El cristiano, además de vigilar y combatir para evitar el mal y la corrupción espiritual, debe estar atento a las inspiraciones del Espíritu para crecer cada día más en el bien. Este crecimiento se vive en lo pequeño y cotidiano, pero no debemos poner límites “para lo mejor y lo más bello” (nº 169). Por ello, debemos estar atentos a lo que el Señor nos inspira en cada momento de nuestra vida y descubrir el proyecto que tiene sobre cada uno de nosotros. El discernimiento supone estar atento a la voluntad de Dios, que nos habla en la vida y en la oración. Un ejemplo cercano para nosotros es el beato Manuel Domingo y Sol, quien se encontró con un seminarista necesitado de medios para una mejor formación intelectual y espiritual, y vivió este acontecimiento como una llamada del Señor a ocuparse de la formación de los futuros sacerdotes, hasta el punto de que San Juan Pablo II lo ha reconocido como apóstol de las vocaciones.

El Papa concluye su exhortación invitándonos a no dejar de mirar a la Virgen María, que “vivió como nadie las bienaventuranzas de Jesús”, que “es la santa entre los Santos, la que nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña”. “Conversar con ella nos consuela, nos libera y nos santifica” (nº 176).

Os invito a acoger y a meditar esta exhortación del Santo Padre.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa