En la vivencia de la llamada a la santidad hay medios y elementos de los que no podemos prescindir, algunos porque tienen su origen en el Señor y otros porque forman parte de la tradición de la Iglesia. El Papa cita algunos de ellos, aunque no se detiene a explicarlos: “los distintos métodos de oración, los preciosos sacramentos de la Eucaristía y la Reconciliación, la ofrenda de sacrificios, las diversas formas de devoción, la dirección espiritual, y tantos otros” (nº 110). Además de estos medios, no podemos ignorar que la vocación cristiana tiene unas exigencias particulares en cada época histórica, que dependen de las características de cada momento cultural. En el cuarto capítulo de la exhortación Gaudete et exultate encontramos unas reflexiones sobre las actitudes que hemos de cultivar en este momento histórico para hacer realidad en nuestra vida el ideal de santidad.

El Papa menciona algunos riesgos y límites de la cultura actual: “la ansiedad nerviosa y violenta que nos dispersa y nos debilita; la negatividad y la tristeza; la acedia cómoda, consumista y egoísta; el individualismo y tantas formas de espiritualidad sin encuentro con Dios que reinan en el mercado religioso actual” (nº 111). No obstante, esta situación se puede transformar en una oportunidad para crecer en ciertas actitudes espirituales.

La ansiedad que nos lleva a perder la paz interior se combate centrándonos en Dios, que nos ama y nos sostiene. Eso nos da firmeza interior para soportar las contrariedades y también las infidelidades y defectos de los demás: “A partir de tal solidez interior, el testimonio de santidad, en nuestro mundo acelerado, voluble y agresivo, está hecho de paciencia y de constancia en el bien” (nº 112).

La negatividad y la tristeza es signo de una espiritualidad inauténtica, porque el cristiano está llamado a dar testimonio del “gozo en el Espíritu Santo”. La alegría cristiana tiene un carácter sobrenatural y consiste en “una serenidad esperanzada que brinda una satisfacción espiritual incomprensible para los parámetros mundanos” (nº 125). Ordinariamente, indica el Papa, la alegría cristiana está acompañada del sentido del humor. La tristeza tiene que ver con la ingratitud, con la incapacidad para reconocer los dones que recibimos del Señor, de saber descubrir los aspectos positivos de las situaciones que vivimos a pesar de las dificultades que en determinados momentos encierran, y de alabar a Dios en toda ocasión.

La audacia y el fervor en la vivencia de la misión es signo de que no se cede a la tentación de la comodidad a la que nos arrastra esta cultura consumista y egoísta. Quien no quiere renunciar a sus seguridades y no arriesga nada en el servicio al Evangelio y a los demás, en el fondo está espiritualmente paralizado y su testimonio difícilmente producirá fruto.

Frente al individualismo, actualmente favorecido por determinadas formas de espiritualidad que centran la persona en el propio yo y la llevan a una despreocupación por los demás, es necesario convencernos de que el camino de la santidad lo tenemos que recorrer comunitariamente, en oración constante para encontrarnos con Dios y alimentarnos de su Palabra.

Con mi bendición y afecto.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa