Si en el capítulo segundo de la exhortación Gaudete et exultate el papa Francisco nos advierte de los peligros que se oponen a la verdadera santidad, en el tercero nos recuerda los caminos concretos indicados por el mismo Cristo para realizarla en nuestra vida. Se trata de dos textos centrales del Evangelio: las bienaventuranzas, en las que “se dibuja el rostro concreto del Maestro que estamos llamados a transparentar en lo cotidiano de nuestras vidas” (nº. 63); y el discurso sobre el juicio final que encontramos en el capítulo 25 del evangelio de San Mateo, en el que “Jesús vuelve a detenerse en una de esas bienaventuranzas, la que declara felices a los misericordiosos” (nº 95).

Las bienaventuranzas aparentemente encierran una doble contradicción: por una parte expresan un mensaje atractivo, porque cualquier persona que medita sinceramente estas palabras del Señor no puede dejar de admitir que en ellas se contiene una enseñanza que, si la pusiéramos en práctica, transformaría profundamente el corazón de las personas y, sin embargo, la realidad del mundo nos lleva hacia otro estilo de vida. En segundo lugar, a quien se deja arrastrar por la mentalidad de nuestro mundo no le resulta fácil entender que en la pobreza, en la mansedumbre, en la capacidad de llorar con los demás, en la misericordia, en la limpieza de corazón, en la lucha por la paz y la justicia hasta el punto de aceptar el sufrimiento por ellas, etc… pueda encontrarse la felicidad. El estilo de vida que Jesús nos propone no conduciría a la felicidad sino a la infelicidad. El mensaje de Jesús va “a contracorriente con respecto a lo que es costumbre, a lo que se hace en la sociedad” (nº 65). Sólo quien asume el riesgo de seguir el camino propuesto por el Señor, puede entender la verdadera alegría, porque la felicidad que anuncian las bienaventuranzas coincide con la santidad. “La persona que es fiel a Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha” (nº 64).

Desde el número 67 al 94 el Papa nos ofrece unas breves reflexiones sobre cada una de las bienaventuranzas y sobre la manera de ponerlas en práctica. No es posible detenernos en cada una de ellas, pero quiero invitarles a que las mediten pensando que solo se pueden poner en práctica si permanecemos unidos a Cristo y movidos por el amor a Él y el deseo de serle fieles. Esto es lo único que nos puede mantener en el camino hacia la santidad, que es el que conduce a la verdadera alegría.

En relación con las palabras de Jesús sobre el juicio final quisiera destacar tres afirmaciones del Papa: el motivo para hacerlas vida no puede ser otro que la fidelidad a Jesucristo, ya que Él se ha identificado con los pobres (no dice “es como si me lo hubierais hecho a mí”, sino “a mí me lo hicisteis”). Además, esta motivación evita una ideologización del cristianismo y su transformación en una ONG, pero el Papa insiste en que este peligro no debe llevarnos al extremo opuesto, que consiste en tener miedo al compromiso social y a mirarlo con sospecha. Finalmente el papa Francisco nos exhorta a llevarlas a la práctica “sin excusas que les quiten fuerza” (nº 97).

Si hacemos de estas palabras de Jesús el programa de nuestra vida, estaremos en el verdadero camino hacia la santidad porque daremos gloria a Dios con la vida y, por tanto, viviremos el culto que más le agrada: la misericordia.

Con mi bendición y afecto.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa