En el capítulo segundo de la exhortación Gaudete et exultate, el papa Francisco nos previene frente a dos actitudes que, bajo la apariencia de santidad, en realidad suponen a quienes se dejan arrastrar por ellas un peligro para vivir un auténtico seguimiento de Cristo, porque fácilmente “dan lugar a un elitismo narcisista y autoritario” (nº 35) y al orgullo de sentirse mejores cristianos que los demás. Se trata de dos tentaciones que, bajo formas diferentes, reaparecen constantemente en la historia de la Iglesia. El Papa se refiere a ellas como nuevas formas de gnosticismo y de pelagianismo, que son dos herejías de la antigüedad cristiana.

El gnosticismo era un sistema de pensamiento según el cual, la perfección de la persona es algo que se alcanza por el camino del conocimiento. Los gnósticos “juzgan a los demás según la capacidad que tengan de comprender la profundidad de determinadas doctrinas” (nº 37). Esto lleva a una peligrosa confusión: “creer que porque sabemos algo o podemos explicarlo con una determinada lógica, ya somos santos, perfectos, mejores que la masa ignorante” (nº 45). La Iglesia siempre ha rechazado la idea de que la santidad de una persona depende de sus conocimientos doctrinales o teológicos: “Gracias a Dios (afirma el Papa), a lo largo de la historia de la Iglesia quedó muy claro que lo que mide la perfección de las personas es su grado de caridad, no la cantidad de datos y conocimientos que acumulen” (nº 37). Es una actitud que el Papa califica de “superficialidad vanidosa” (nº 38), y que acaba matando lo más característico de la verdadera santidad: la humildad y la pobreza de espíritu.

El pelagianismo presuponía que la santidad era algo que el hombre podía alcanzar con un obrar moral recto por sus propias fuerzas. El poder que los gnósticos atribuyen a la inteligencia, los pelagianos lo atribuyen a la voluntad. Nos encontramos ante la actitud de los que viven un cristianismo con la seguridad de que por sí mismos pueden cumplir la ley moral, pero sin humildad. Como el fariseo que subió a orar al templo (Lucas, 18, 9-14), se sienten seguros de sí mismos y desprecian a los que no cumplen la ley perfectamente. Se trata de un voluntarismo orgulloso que también acaba matando la humildad. Quien vive en el orgullo por lo que es, por lo que consigue en la vida, por lo que tiene o por lo que hace, no está en el verdadero camino de la santidad

El camino de la santidad comienza con un reconocimiento sincero, dolorido y orante de nuestros propios límites. Esa humildad es la que abre el espacio para que la gracia nos transforme progresivamente y vayamos creciendo en el amor a Dios. La conciencia de nuestras propias fragilidades nos lleva también a una mayor aceptación del prójimo y a evitar cualquier actitud de juicio al hermano.

Lo esencial en la santidad no es saber más ni pensar que somos mejores que los demás, sino vivir en amistad con Dios. Ahora bien, esa amistad no es una conquista debida a los propios méritos: es una gracia y un regalo que Dios nos ha hecho y que debemos desear para todos.

Con mi bendición y afecto.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa