Hace unas semanas se hizo pública una nueva exhortación apostólica del papa Francisco titulada Gaudete et exultate (Alegraos y regocijaos). De nuevo el tema de la alegría cristiana está presente en el título de un documento del magisterio del papa Francisco. Esto encierra un mensaje que ya se indicó en la exhortación Evangelii gaudium (La alegría del Evangelio): “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de quienes se encuentran con Jesús… Con Cristo siempre nace y renace la alegría” (EG, nº 1). Podemos decir que en el pensamiento del Papa un cristianismo vivido sin alegría encierra algo de inauténtico.

En continuidad con su magisterio, el Papa ha publicado este nuevo documento que nos lleva a profundizar todavía más en esta intuición: la alegría cristiana es auténtica cuando se vive como vocación a la santidad. El Señor, nos dice el Papa, “lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la que fuimos creados. Él nos quiere Santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre” (GE, nº 1). Un cristiano auténtico es aquel que encuentra su alegría al vivir su vida plenamente como un camino de santidad. La alegría es signo de autenticidad cristiana y, por tanto, de santidad.

Esta vocación no es para unos pocos escogidos. En la Iglesia hay muchos signos de santidad que muchas veces pasan desapercibidos y no valoramos. En Gaudete et exultate afirma el papa Francisco: “No pensemos solo en los ya beatificados o canonizados. El Espíritu Santo derrama santidad por todas partes, en el santo pueblo fiel de Dios” (GE, nº 6). Y más adelante concreta todavía más esta idea: “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos Hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esa constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante” (GE, nº 7).

La vocación a la santidad es el camino de todo bautizado. “Para ser Santos no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosas o religiosos… Todos estamos llamados a ser Santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra” (GE, nº 14). Tampoco es necesario realizar acciones extraordinarias: “Esta santidad a la que el Señor te llama irá creciendo con pequeños gestos” (GE, nº 16), mediante los cuales nos vamos uniendo cada día más a Cristo. Ni siquiera hemos de pensar que la santidad exige al cristiano una perfección absoluta: “No todo lo que dice un santo es plenamente fiel al Evangelio, no todo lo que hace es auténtico o perfecto. Lo que hay que contemplar es el conjunto de su vida, su camino de santificación, esa figura que refleja algo de Jesucristo” (GE, nº 22). No se trata, por tanto, de que toda la vida de un cristiano sea perfecta, sino de que en nuestras palabras y actitudes se refleje algo de Cristo.

Que estas reflexiones del primer capítulo de este documento del papa Francisco nos lleven a no considerar la santidad como algo inalcanzable y a no tener miedo a vivir la aventura de esta vocación común a todos los cristianos.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa