Con el Adviento hemos comenzado un nuevo año litúrgico. Esto, que se repite todos los años, encierra una enseñanza importante para nuestra vida cristiana. La celebración de la Navidad es una oportunidad para un nuevo comienzo en el seguimiento del Señor. Es bueno que la liturgia de la Iglesia nos recuerde que, con el paso del tiempo, pueden aparecer ciertas actitudes espirituales que ralentizan el seguimiento del Señor: rutina, falta de ilusión, sensación de que no avanzamos en el camino de la fe y de que como cristianos que somos de toda la vida, ya no cabe esperar nada nuevo, pensar que ya lo sabemos todo… El tiempo puede apagar nuestra esperanza. El creyente debe vivir con el deseo de conocer y amar cada día más al Señor; con la conciencia de que no es nunca un cristiano perfecto a la medida de Cristo y de que siempre es posible avanzar en el conocimiento del Señor. ¡Cuántas veces en la vida necesitamos comenzar de nuevo! La vivencia de este tiempo será auténtica si se convierte para cada uno de nosotros en un momento de crecimiento en la ilusión por nuestra vida cristiana.

Durante el tiempo de Adviento vivimos en la espera de un Dios que no se conforma con acercarse a los hombres de un modo superficial, sino que quiere llegar a lo más profundo del ser humano y para ello se hace nuestro hermano. Viene para compartir con nosotros nuestras alegrías y dolores, las decepciones y las esperanzas. No hay ninguna experiencia auténticamente humana que Él no haya vivido en su propia carne. La celebración de la venida del Hijo de Dios a nuestro mundo nos invita a adentrarnos a lo más hondo de lo auténticamente humano. Tal vez nos tendremos que preguntar si no hemos convertido la Navidad en una fiesta caracterizada por la superficialidad. Que este tiempo sea un momento para que cada uno de nosotros acojamos en nuestro corazón la profunda humanidad que caracteriza a un Dios que se ha querido hacer nuestro hermano.

El Hijo de Dios vino a nuestro mundo en el silencio de la noche y en un lugar desconocido para los poderosos de la tierra. En los nacimientos que colocamos en nuestros hogares lo contemplamos pequeño, pobre y humilde. Pero en la sencillez del pesebre se esconde lo más grande que ha tenido nuestro mundo. Esta es la ley del actuar de Dios en la historia: lo más grande está oculto en lo más pequeño. Y esta es la razón por la que son los pobres de espíritu y los limpios de corazón los que pueden ver a Dios. El deseo de grandeza; el afán de superioridad; el orgullo de quien se siente más que los demás por lo que es, por lo que tiene, por lo que hace o por haber conseguido todo lo que se ha propuesto en la vida, son actitudes que impiden ver lo que se oculta en ese niño que nació en Belén: la bondad inmensa de un Dios que ama entrañablemente a la humanidad. El Adviento será un tiempo de gracia si recuperamos la sencillez y la limpieza del corazón para poder llegar a ver la grandeza de Dios en el pesebre de Belén.

Con mi bendición y afecto,

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa