El día 25 de julio celebramos la fiesta del apóstol Santiago. Su sepulcro ha sido y continúa siendo una de las metas de peregrinación más importantes en la Iglesia y, a mi modo de ver, un signo de lo que es el camino de fe de todo creyente. Por ello quiero invitarles a reflexionar sobre algunos momentos de la vida de este apóstol, que es uno de los tres que más cerca estuvieron del Señor.

Santiago, el hijo del Zebedeo, fue ante todo un amigo de Jesús. Formaba parte del grupo de los primeros discípulos que Él llamó. Junto con Pedro y su hermano Juan, compartió algunos momentos singulares de la vida del Señor: el acontecimiento de la Transfiguración y la oración en el huerto que precedió a su prendimiento. Estamos ante dos hechos muy diferentes: mientras que en el Tabor Jesús les hizo ver por un momento la gloria de su divinidad, en Getsemaní pudieron contemplar su angustia ante la proximidad de la pasión. En estos detalles descubrimos lo que es esencial en toda relación de amistad: compartir todas las circunstancias de la vida, tanto las alegrías como las dificultades. Si Cristo vivió con sus amigos más cercanos estos momentos, también nosotros, que queremos ser amigos del Señor, no podemos olvidar que el camino para ir creciendo en esa amistad no es otro que abrirle nuestro corazón y confiar en Él en todos los momentos de nuestra vida.

Al igual que los demás apóstoles, también Santiago tuvo que ser educado por Cristo para aprender a seguirle desinteresadamente. Marcos (10, 35-40) y Mateo (20, 20-28) nos narran que después del tercer anuncio de la pasión, él mismo con su hermano (versión de Marcos) o su madre (versión de Mateo), le pidió a Jesús ocupar los primeros puestos en su reino. Mientras que el Señor hablaba de su muerte, ellos estaban preocupados por ocupar los primeros puestos; mientras que Jesús empleaba el lenguaje del Servicio, ellos querían dominar. En respuesta a esa petición, el Señor les advierte de que no saben lo que piden, porque para ocupar el puesto principal en su Reino han de beber el mismo cáliz que Él ha de beber. Los dos hermanos, que posiblemente no sabían a qué se refería, aceptan esta condición. Seguramente esperaban que Jesús accedería a su petición, por eso su respuesta les produciría una desilusión: “Mi cáliz lo beberéis; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre” (Mateo 20, 23). Esta desilusión fue una gracia para ellos porque aprendieron que no se debe seguir al Señor por intereses humanos, sino por el deseo de vivir en amistad con Él y de servirlo.

Aunque en ese momento Santiago no supiera a lo que se comprometía al decir que estaba dispuesto a beber el mismo cáliz que Cristo, lo cierto es que cumplió su promesa: fue el primero de los apóstoles que sufrió el martirio, manifestando así que era un verdadero amigo de Jesús y que había aprendido la lección: que un auténtico discípulo es aquel que sigue al Maestro sin ninguna ambición humana.

Con mi bendición y afecto.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa