En el siglo XVII se extiende por toda Europa una forma racionalista de entender la religión. Según este sistema de pensamiento Dios sería un ser impersonal, que garantizaría el recto funcionamiento del universo pero no tendría ningún interés en la vida de las personas. Un Dios distante, frío, incapaz de amar y, por tanto, incapaz de suscitar amor. Como consecuencia de esto en el continente Europeo se generalizó una situación de indiferencia religiosa. Un Dios indiferente hacia el hombre únicamente puede suscitar en el hombre indiferencia hacia Él.

Es en este contexto cuando surge la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, que santa Margarita María de Alacoque propagó y cuyo culto se introdujo en la Iglesia. En una de sus cartas afirma que del Corazón de Cristo manan sin cesar tres arroyos: el de la misericordia con los pecadores, el de la caridad en provecho de los que tienen alguna necesidad, el del amor y la luz para sus amigos ya perfectos. Perdón, caridad y deseo de crecer en el amor a Dios son las gracias que brotan del costado de Cristo. El corazón, sede del amor en el hombre, se convierte de este modo en signo del amor de Dios manifestado en Cristo, de la humanidad y la cercanía de Dios a todos los hombres. En el fondo, tras esta devoción se esconde una invitación a volver a lo esencial de la fe cristiana: sólo un Dios que ama puede suscitar amor.

La devoción al Corazón de Jesús se extendió por toda la Iglesia y produjo abundantes frutos de santidad: ¿Cuántas personas se habrán sentido llamadas a la conversión al considerar el inmenso amor de Cristo? ¿Cuántas se habrán acercado a los sacramentos de la Iglesia y habrán sentido ese amor en la gracia sacramental? Cuántas se han sentido llamados a recorrer un camino de perfección espiritual? ¿Cuántas habrán descubierto el rostro humano de Dios en el corazón abierto del Salvador? Sin duda alguna, en la historia de la espiritualidad cristiana la devoción al Corazón de Jesús ha sido una fuente de gracia y de santidad.

Uno de los rasgos de esta devoción es que se extendió en todo el pueblo cristiano. Prácticamente no hay ninguna parroquia en la que no encontremos una imagen del Sagrado Corazón. Mientras que el racionalismo seducía a un grupo de intelectuales, esta devoción llegaba a la totalidad del pueblo cristiano.

La solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús que hemos celebrado hace unos días nos puede ayudar a reflexionar sobre la situación que estamos viviendo. También hoy la indiferencia religiosa se extiende en nuestra cultura. La respuesta no puede ser otra que volver a ese Dios cuya verdad se muestra en su amor. El cristiano es aquel que ha conocido el amor de Dios y creído en ese amor, y por eso quiere vivir en gracia y amistad con el Señor. Él, al mostrarnos su corazón abierto nos llama a que nos acerquemos a los sacramentos en los que derrama su misericordia y su gracia; nos revela que el Padre no es un Dios lejano, sino cercano; nos anima a que nuestra unión con Él sea una comunión de auténtica amistad, una relación “de corazón a corazón”. Si esto lo vivimos de verdad, crecerá la santidad en la Iglesia.

Con mi bendición y afecto.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa