Homilía en la fiesta de Sagrada Familia de Nazaret

Santa Iglesia Catedral de Tortosa, 28 de diciembre de 2014

 

– Gn 15, 1-6; 21, 1-3
– Sal 104, 1-9
– Heb 11, 8. 11-12. 17-19
– Lc 2, 22-40

– Ilmo. Sr. Vicario General y hermanos en el sacerdocio
– Sr. Alcalde y autoridades
– Presidente y miembros del Patronato de la Sagrada Familia
– Asociación de la visita domiciliaria de la Sagrada Familia
– Hermanas y hermanos en el Señor

En el ambiente de las fiestas navideñas celebramos este domingo posterior a la Navidad la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret. En ella creció el Señor en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres. Al asumir la naturaleza humana, el Hijo de Dios ha aceptado todas las consecuencias de la Encarnación y ha vivido un verdadero desarrollo humano. Por ello, ha necesitado del acompañamiento de su madre y de José, que es para él un padre humano. La liturgia de hoy es, toda ella, una invitación a contemplar el misterio de esa familia que ilumina la misión de toda familia humana. La Palabra de Dios que se ha proclamado nos guiará en esta contemplación.

1. La vida familiar es una aventura de fe

Las dos primeras lecturas nos presentan el camino vital de un matrimonio del Antiguo Testamento: Abraham y Sara. Se trata de una aventura de la fe. Su peripecia vital no estuvo exenta de pruebas y de oscuridades, de situaciones que podían dar la impresión de que lo que Dios les pedía era contradictorio: esterilidad y, una vez Dios les ha concedido un hijo, les pide que se lo sacrifiquen. Ante esta situación, la pregunta es: ¿Qué es lo que mantiene unidos a Abraham y Sara? La palabra de Dios destaca que el secreto de todo su itinerario es que lo han recorrido con fe: la certeza de que Dios cumple sus promesas les lleva a descubrir que lo que Dios quiere de ellos va más allá de sus deseos y proyectos. Su camino de fe es un camino de confianza en Dios. Es esa confianza compartida lo que les lleva a confiar el uno en el otro y lo que les mantiene unidos en la prueba y en la oscuridad.

También la familia de Nazaret está unida por la fe. El “Sí” de María al ángel en el momento de la anunciación es un acto de fe. La obediencia de José, que acepta llevarse a María a su casa y acoger a Jesús es también un acto de fe. Es la fe lo que les lleva a acoger al Hijo de Dios y a ser fieles a su misión. Es la fe y la misión compartidas lo que realmente les une. La fe de María y de José es confianza en Dios en todo momento, incluso en el momento de la prueba, que también estuvo presente en la familia de Nazaret y que es anunciado por Simeón a María: “Una espada te traspasará el alma”. Esa confianza compartida les lleva a fiarse plenamente el uno del otro. Esa fe no excluye las pruebas, sino que ayuda a mirar más allá de las pruebas y dificultades.

Aquí se descubre el secreto último de lo que debe ser la vida de toda familia cristiana. Una familia no es una comunidad de intereses sino una comunidad de fe, de confianza compartida en Dios y, como consecuencia, de confianza plena de los miembros de la familia entre ellos. La fe en Dios no se interpone entre los miembros de la familia para separarlos, sino que hace que su unión sea más fuerte. Por ello es tan importante que la fe se viva dentro de casa. No basta que los padres se preocupen de que sus hijos reciban una educación cristiana fuera de casa. De nada sirve esto si la fe no se vive en el hogar y no inspira toda la vida familiar. Una familia que vive así está viviendo la aventura de la fe.

Esa fe no excluye las pruebas.Una familia cristiana comparte las pruebas de toda familia. Pero la confianza compartida en Dios es fuente de unión y hace que la prueba compartida se transforme en una esperanza también compartida.

2. El hijo es un don de Dios

La situación de Abraham descrita en la primera lectura es dramática: no tiene hijos y, por tanto, no tiene esperanza de futuro. Es una persona angustiada y, en la mentalidad judía, fracasada. En esta situación Dios se hace presente en su vida, le hace una promesa y le regala un hijo. Para Abraham, Isaac es un regalo de Dios.

Para Abraham la preocupación mayor era tener un heredero. Quería tener un hijo para que no heredara sus bienes un esclavo. Tenía sus planes y sus proyectos. Pero Dios tenía otros planes. Si le había regalado un hijo era para llevar adelante su plan de salvación, para mantener viva la promesa y, por tanto, la esperanza. Por ello, Abraham tiene que aprender que este hijo no es propiedad suya: pertenece a Dios. Dios le educa pidiéndole a Isaac. Abraham, consciente de que ha sido un regalo de Dios, no puede negarse y está dispuesto a sacrificarlo. Debe devolver a Dios lo que ha recibido de Él. Aquí se manifiesta la grandeza de su fe.

También María y José son conscientes de que Jesús no les pertenece. Ha sido un regalo de Dios, no sólo para ellos, sino para toda la humanidad. Jesús es de Dios. Por ello no esperan a que Dios se lo pida. Van al templo a presentarlo, o mejor, a ofrecerlo a Dios. No cumplen la norma de rescatar al primogénito porque ese primogénito es de Dios.

Aquí descubrimos la actitud hacia los hijos que debe estar presente en toda familia cristiana. En esta cultura en la que a menudo se considera que un hijo, más que un regalo y un motivo de alegría, es un obstáculo, los cristianos estamos convencidos de que todo hijo es un regalo del Señor. Éste es un testimonio que las familias cristianas están llamadas a dar a nuestro mundo en el actual momento histórico.

Además, los padres cristianos, que han presentado a sus hijos a la Iglesia para que renazcan en las aguas del bautismo, saben que su hijo no les pertenece absolutamente. El hijo bautizado es un hijo de Dios por la gracia. Y éste es el principio que debe guiar la misión educativa de los padres: ayudar a sus hijos a descubrir la voluntad de Dios en el camino de su vida y a que sean felices en su propia vocación. Al hacer esto, los están presentando y ofreciendo a Dios. Los planes y proyectos que todos los padres tienen sobre sus hijos no pueden convertirse en una ocasión para alejar de ellos el deseo de vivir su vocación como respuesta a la voluntad de Dios.

3. El crecimiento del Hijo de Dios en Nazaret

Después de presentar a Jesús en el templo, José, María y Jesús se establecieron en Nazaret. El evangelista resume la vida oculta en una breve afirmación: “El niño iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con Él” (Lc 2, 40).

El Concilio Vaticano II nos enseña que Jesús “trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre”. Esta afirmación nos ayuda a entender en qué consistió el crecimiento de Jesús en Nazaret. Acompañado y ayudado por María y José, aprendió a trabajar, a pensar, a actuar y a amar con auténtico corazón de hombre. Por ello, Jesús no sólo es perfectamente hombre, sino que es el hombre perfecto, aquel a quien todos nos deberíamos parecer. Y todo esto ayudado y sostenido por la gracia de Dios.

También aquí se nos revela la orientación fundamental de toda la misión educativa de los padres hacia los hijos: ayudarles a aprender a trabajar, pensar, actuar y amar con corazón de hombre, con el corazón del hombre perfecto que es Cristo. Y esto lo deben hacer convencidos de que la gracia y el favor de Dios no es algo que destruye lo humano, sino que lo potencia y lo dignifica. La educación y la vivencia de la fe no es un añadido a la educación humana de lo que se puede prescindir, sino aquello que la potencia y la lleva a su plenitud.

4. Reflexión final

Hoy no vivimos buenos tiempos para la familia cristiana. En nuestra cultura se han generalizado valores y comportamientos muy alejados del modelo que encarna la familia de Nazaret y, por tanto, alejadas del proyecto de Dios sobre la institución familiar. No podemos dejar de preguntarnos si esta situación es fuente de felicidad o de sufrimiento: ¿Somos hoy más felices o existen más desgarros en el seno de nuestras familias? ¿Se vive con más alegría o con más sufrimiento?

La familia de Nazaret, con su vida sencilla en la que reina la alegría y la felicidad, nos descubre qué es lo verdaderamente importante: la apertura a Dios vivida con sencillez, recorrer juntos la aventura de la fe y acoger a los hijos como regalo del Señor ayudándoles a vivir como hijos suyos.

No olvidemos a las familias que sufren. Que dirigiendo su mirada a la familia de Nazaret, encuentren caminos para salir de sus situaciones y que Dios les conceda recuperar la alegría.

Que así sea.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa.