DOMINGO XXV   “B”

Hijos de Dios y servidores de los hermanos  

El libro de la Sabiduría trata el problema perenne de la muerte injusta de quien sufre persecución por ser fiel a Dios.

Para el pensamiento judío clásico, los muertos van al “sheol”, con existencia muy débil y por supuesto lejos de Dios. Por el estilo de vida seguido, recibimos recompensa o castigo ya en este mundo: vida larga, muchos hijos y riquezas para quien ha obrado el bien; y desgracias de todo tipo para quien ha obrado mal.

La cruda realidad irá mostrando el error de tal perspectiva.

La sección 1,16-2,24 presenta la actitud de los malvados a quienes el justo resulta fastidioso porque -a veces con palabras y siempre con sus obras- nos reprocha las faltas contra la ley y nos reprende contra la educación recibida.

Veamos si es verdad lo que dice, comprobando cómo es su muerte: Dios lo auxiliará. Irónicamente los malvados, poniendo a prueba al justo, apuntan ya a la expectativa de la vida más allá de la muerte.

Santiago avisa: Donde hay envidia y rivalidad, hay turbulencia y todo tipo de malas acciones. Hay que eliminar, pues, las rivalidades que proceden de esos deseos de placer que pugnan dentro de vosotros.

Más todavía: No recibís porque pedís mal, con intención de satisfacer vuestras pasiones.  ¿Entonces qué debemos hacer?

Busquemos llenarnos de la sabiduría que viene de lo alto, que está llena de buenos frutos; sobre todo del fruto de la justicia que se siembra en la paz para quienes trabajan por la paz.

Por segunda vez Jesús anuncia: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará.

Pero no entendían lo que decía: ¿incomprensión o rechazo?

Por el camino habían discutido quién era el más importante.

Entonces Jesús se sentó (como catedrático), y llamó los Doce a escuchar la lección clave: Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos siendo el servidor de todos.

Y escenifica la enseñanza poniendo en medio de los Doce a un muchacho: el término griego original, más que un niño, indica un muchacho con el doble matiz de hijo y criado/servidor.

Así marca el contraste entre la actitud de los Doce que discutían quién sería el más importante y el muchacho que simboliza al auténtico cristiano: hijo para con Dios y servidor para con los hermanos.

El que acoge a un muchacho de éstos en mi nombre, me acoge a mí y al que me ha enviado.

Ilmo. Rvdo. José-Luís Arín Roig