DOMINGO XI  “B”

El Señor es la garantía para un futuro espléndido   

El libro de Ezequiel recoge la obra profética de uno de los deportados a Babilonia: cantor apasionado, de buena voz y que sabe acompañarse (33,32); y que, ejerciendo la función profética de centinela (3,16s), se lamenta de que escuchan tus palabras, pero no las practican (33,32).

Ello provoca pregunta dramática: ¿vale la pena predicar?

La respuesta alentadora del Señor anuncia un futuro espléndido con la imagen del árbol: de las más altas y jóvenes ramas arrancaré una tierna y la plantaré: se hará un cedro magnífico.

Pero la realidad es que estamos en el exilio y el Pueblo no pone en práctica el mensaje del Señor: ¿qué garantía hay que lleve a creer ese futuro tanto espléndido?

Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré.

Hoy como ayer la garantía para creer de verdad en un futuro mucho mejor es el Señor y su Palabra.

Pablo continúa desarrollando una antinomia patente en la vida crucificada del Apóstol, como lo fue en la de Cristo.

Consciente de que estamos desterrados lejos del Señor, también es verdad que estamos siempre llenos de buen ánimo.

Más todavía: tan animados que preferimos ser desterrados del cuerpo y vivir junto al Señor. Sin que ello anule el deseo más profundo: en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarlo.

Con un compromiso animoso de lucha, porque todos tenemos que comparecer ante el tribunal de Cristo para recibir cada cual por lo que haya hecho mientras tenía este cuerpo, sea el bien o el mal.

La parábola de la semilla que crece sola contempla el proceso de la semilla desde la siembra hasta la siega.

Hecha la siembra, tanto si el labrador duerme como si está levantado y trabaja, la semilla va creciendo sin que él sepa cómo.

El dinamismo de la tierra supera con creces al del propio labrador. La tierra va produciendo el fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano.

También en el Reino de Dios el dinamismo de la Palabra de Dios supera al del evangelizador. Ni el que planta es nada, ni tampoco el que riega; sino Dios, que hace crecer (1Cor 3,7).

Hemos de evangelizar sembrando, cuidando y regando; pero sin engreírnos nunca por creer que nuestro trabajo es el factor decisivo.

M.I. Rev. José-Luís Arín Roig