DOMINGO XXVI  “A”

¿VIVIMOS DE HECHO LO QUE DECIMOS DE PALABRA?

A pesar de los insistentes avisos de Dios por los profetas llamando a la conversión, el Pueblo de Dios hizo caso omiso y se vio abocado al desastre purificador del destierro.

Incluso entonces decían: “No es justo el proceder del Señor”.

Entonces el Señor plantea justamente la cuestión: “¿No es más bien vuestro proceder el que es injusto?”

También muchos hoy, con angustia de insatisfacción, dicen sentirse abandonados de la mano de Dios.  Pero ¿quién está abandonando a quién?

¿Queda todavía esperanza? “Cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él salva su propia vida”.

Sabiéndonos todos pecadores, quien reconoce el mal que ha hecho y se convierte, será salvado de la muerte.

A los Filipenses Pablo les ha exhortado a “que llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo” (1,27). Ahora concreta más: “Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús”.

E incorpora un himno cristológico pre-paulino estructurado en 3 etapas:

1ª) Jesucristo “era de condición/categoría divina”: la categoría quiere hacer visible la dignidad interior;

2ª) “No retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario se despojó de sí mismo con Dios tomando la condición/categoría de esclavo y se humilló hecho obediente hasta la muerte y una muerte de cruz”;

3ª) “Por eso Dios lo super-exaltó y le concedió el nombre-sobre-todo-nombre para que toda lengua proclame que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre”.

El evangelio presenta el contraste de dos tipos de hijo:
a) el de buenas palabras (“voy, Señor”) que no hace lo que dice (“pero no fue”);
b) el de palabras malas (“No quiero”) pero que de hecho obedece (“se arrepintió y fue”).

Nosotros -sobre todo en Misa- decimos muy buenas palabras: ¿lo vivimos después?

José-Luís Arín Roig