DOMINGO XXII   “B”

El Señor es uno solo          

El libro del Deuteronomio es testigo de la más auténtica tradición judía con el Credo monoteísta: ESCUCHA, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es UNO SOLO (Dt 6,4s).

La obediencia a los Mandamientos del Señor nace motivada por la acción liberadora de Dios en su historia. Así la Ley no vino impuesta desde fuera sino que arraiga en el agradecimiento sensato y la libertad inteligente de un pueblo creyente. Los mandatos y decretos del Señor, observadlos y cumplidlos, pues esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos.

Más todavía: entraréis a tomar posesión de la tierra que el Señor prometió a vuestros padres.

¿Qué Santiago es el autor de la carta de Santiago? Se autodenomina “siervo de Dios y del Señor Jesucristo” y escribe con autoridad a la Iglesia universal (a las doce tribus en la diáspora 1,1): todo ello hace pensar en Santiago, el hermano del Señor, líder destacado de la Iglesia primera de Jerusalén.

El elemento común de sus exhortaciones es la preocupación por que la fe no sea sólo teórica sino práctica, con hechos concretos en todos los campos de la vida: atender a huérfanos y viudas.

La iniciativa amorosa con que Dios da la vida a sus hijos no es fuerza ciega de deseo que arrastra y seduce sino don que Dios decide por propia iniciativa.

La respuesta de los buenos hijos de Dios consistirá en acoger con docilidad esa palabra, que ha sido injertada en vosotros y es capaz de salvar vuestras vidas, siempre y cuando no os contentéis con oírla sino que la pongáis en práctica.

La polémica contra todo legalismo desconectado del espíritu, iniciada por los profetas y reafirmada por Jesús, fue fielmente continuada por la Iglesia primera, en especial san Pablo.

Las prescripciones levíticas sobre la pureza ritual (Lv 11-16) querían mostrar la calidad singular de todo aquello -personas y objetos- que ha de  entrar en contacto con Dios.

Pero en realidad nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre: dice Jesús calificando de comediantes o hipócritas a quienes dejan a un lado el mandamiento de Dios para aferrarse a la tradición de los hombres.

Está en juego la fidelidad a Dios, que en muchas ocasiones y de muchas maneras habló antiguamente a los padres por los profetas. En esta ocasión final, nos ha hablado por el Hijo (Heb 1,1-2)

Ilmo. Rvdo. José-Luís Arín Roig