Rosa Palau, fue la  cuarta hija de los 12 hijos del matrimonio Guadalupe Añó y de José María Palau, que fue director de la Banda de música  municipal de Benicarló y origen de la fábrica Muebles Palau. Rosa a sus 21 años, a mediados de mayo de 1948, decidió seguir la voz del Amado en el Carmelo descalzo de Talavera de la Reina. La lectura de Historia de un alma le animó a seguir los pasos de santa Teresita de Lisieux.

La celebración, a sus 92 años,  ha sido muy familiar, aunque la  adelantaron a sus 70 años de profesa, el día de la Inmaculada de 2019.

70 años encerradica en ese palomarcito. La Comunidad amaneció cantándole sus Coplas. ¿Qué tendrá la llamada de Jesús, el Amante entre los amantes, que cautivó su corazón joven que, al paso de 70 años, sigue derrochando alegría a caudales? Cantaban las coplas que al son del “Más alto sube quien más se abate” se vislumbra el premio del  “allá en el cielo podremos ver /lo que aquí gustamos ya por nuestra fe”. Se mascaba  en el Monasterio ese susurro-oración musical: “Inflamada en los deseos/de su Patria alcanzar/va siguiendo en su Carmelo /siempre a la Comunidad. Y la tonalidad alegre y segura de la  mística revestía estos versos anclados en limpios corazones: Con su querido andador/ cuenta sus pasos Nuestro Señor; / su sed de almas tanto la hirió/que ya sin descanso se entrega a su Amor.

¿Cómo explicar lo inefable, ese derramamiento de Dios en un corazón humano? ¡Somos capaces de amar, gozar y de ser servidos por Dios!  Y esto sucede como un don cuando se le susurra “¡Dame Dios mío tu Amor! ¡Que corresponda  al Señor/cual María y san José, /abandonada en el Padre esté, /transfigurada en Cristo por fe! Así le cantaban las coplas para celebrar esta fecha tan lírica y musical de 70 años de enamorada, encerradita en su libertad amante, donde los amores tejen y destejen ese vestido blanco de valles y montañas, de estrellas y cascadas con el que se entra en el gozo y en la jubilosa casa del Señor. Y cuando se llega a este diálogo dulce, penetrante, se llena el alma, el aire se serena y el corazón se funde en el horno  de paz y gozo, porque ella, la monjita Guadalupe del Espíritu Santo, del Carmelo de Talavera, se deja hacer, ser servida, contemplar y musitar que “la obra es de Dios y Él entera la hace”. El ventalle de la oración viene del Espíritu, y no solamente de la persona. ¡Ambos se sirven con delicado abandono y decisión! ¡Silencio suave! Si le dejas entrar en tu vida, entonces,  Él, que es omnipotente en su sencillez y humildad,  ¡lo hace todo como servidor enamorado, Todo! Y te regala, a su estilo, su gozo completo, su alegría pausada, viva, vibrante,  al trueque de tu entrega servicial y generosa, total, ilimitada. ¡Diviniza lo humano! ¡Humaniza lo divino!

En esta fiesta la acompañaron su hermano Santiago, con sus dos hijos Toya y Josma;              sus sobrinos: María Lourdes, Asunción con su hija Raquel, Beatriz con su esposo Antonio y tres hijas: Paula, Beatriz y María; Pablo con su esposa María José; Vicente José, Rosa María -la también carmelita ahora en el convento de Toro-, y su cuñada Mari Carmen.

Todos muy contentos, también la Madre Priora que era la primera vez que gozaba de  unas Bodas de Platino en el convento, además de las Coplillas, le regalaron un póster con viñetas familiares, el cuaderno precioso Recuerdos familia Palau y  otros documentos  familiares. Y, para paliar su sordera, unos auriculares inalámbricos.

María Lourdes describe así cuando la contemplan después de la emocionante Santa misa: “Y al verla allí tan recogida, tan humilde y pequeñita, con los ojos cerrados, tan extasiada en Dios, nos emocionamos profundamente y se nos cayeron las lágrimas a todos. Nos parecía tocar tierra sagrada. ¡Qué mujer más feliz!  ¡Qué testimonio de entrega total y tan felicísima de haber vivido totalmente para Dios y para orar por los sacerdotes y por los pobres pecadores!”.  Y es que la vida de expiación, contemplativa, es una hermosísima manera de servir plenamente al Amor de los amores.

Dios, efectivamente puede colmar el corazón hasta unos niveles inimaginables. Y cuando llegó el momento de partir, partiéndoseles el corazón, les susurró con esa voz silenciosa que penetra y alivia los corazones: Permitid que Dios nos pueda dar el grado de amor que ha pensado para cada uno, y no quedarnos, por nuestra parte, con menos de lo que Él desea darnos.

Manuel Ferrer