Palabras del Excmo. y Rvdmo. Mons. Enrique Benavent Vidal, Obispo de Tortosa,
y del Santo Padre
en la audiencia con la Real Archicofradía de la Virgen de la Cinta

Vaticano, viernes 12 de abril de 2019

Santo Padre:

Según una antiquísima y hermosa tradición transmitida a través de los libros litúrgicos de la diócesis de Tortosa, la noche del 24 al 25 de marzo del año 1178, cuando ya había concluido la construcción de la primitiva catedral, la Santísima Virgen se hizo visible a un sacerdote devoto que se disponía a celebrar el oficio de maitines y le hizo entrega del sencillo cíngulo con el que ceñía su manto, diciéndole: “porque habéis construido esta Iglesia en honor de mi Hijo y en el mío y porque os amo a vosotros los tortosinos, pongo sobre el altar este cíngulo con el que me ciño y os lo entrego para que lo conservéis como signo de mi amor”

Ese cíngulo, que materialmente es el de una muchacha pobre, es el tesoro más preciado que conserva nuestra catedral (lo nostre tresor). Desde hace siglos es el lazo que ata los corazones de los tortosinos al de la Virgen, uniéndolos en el cielo y en la tierra, en la vida y en la muerte. Gracias a él la devoción a la Santísima Virgen y la fe se han transmitido en nuestra ciudad de generación en generación.

Por él nuestra historia tiene páginas de oro: la Virgen ha hecho que en nuestra diócesis hayan crecido abundantes frutos de santidad: San Francesc Gil de Federich, misionero en Vietnam y mártir; San Pere Mártir Sans i Jordà, obispo, misionero en China y mártir; el beato Jacint Orfanell, misionero en Japón y mártir. A los pies de la Virgen, Santa María Rosa Molas creció en la caridad y en el deseo de consolar a los que sufrían, y se entregó al cuidado de los enfermos pobres en el hospital municipal de la Santa Cruz. San Enric de Ossó ideó un programa de catequización de los niños. El beato Manuel Domingo y Sol, a quien San Juan Pablo II llamó apóstol de las vocaciones, se preocupó por la promoción y el cuidado de las vocaciones sacerdotales. Y el beato Josep Maria Peris, que hace 100 años compuso la melodía del himno en honor de la Virgen, que todos cantamos con entusiasmo, dio también su vida como testimonio de la fe. La presencia de la Madre del Señor ha hecho de nuestra pequeña diócesis una gran diócesis en testigos de vida cristiana.

Hemos celebrado el cuarto centenario de la fundación de la Real Archicofradía. Gracias a ella se ha mantenido y ha crecido la devoción a la Virgen de la Cinta. Es una advocación que, por su origen (la fiesta de la Encarnación del Señor), lleva a valorar y a cuidar la vida del ser humano no nacido. Durante estos años he escuchado el testimonio de madres gestantes en dificultad, que han protegido la vida de sus hijos confiadas en la Virgen, y que han experimentado su protección sobre sus hijos no nacidos. Durante los años de crisis la Archicofradía ha colaborado con las instituciones caritativas de la diócesis: Cáritas diocesana e interparroquial, casa de acogida, y con diversos programas de atención a los más pobres. Si la devoción a la Madre del Señor es auténtica nos llevar a estar atentos a las necesidades de todos sus hijos.

Santo Padre, para mí como obispo de Tortosa y para toda la diócesis; para la ciudad, representada hoy en su alcaldesa; para la Archicofradía y la Corte de Honor; y para todos los que estamos aquí, este encuentro es una gracia inmerecida que refuerza más los vínculos con la Sede de Pedro, vínculos históricamente fuertes, porque su antecesor Adriano VI era obispo de Tortosa cuando fue elegido Papa y siempre conservó el afecto por la que había sido su diócesis. Este encuentro es otro signo de amor que la Santísima Virgen ha tenido con nosotros y es, sin duda, uno de los acontecimientos más importantes para la Archicofradía en sus 400 años de historia.

Le aseguro que oramos por usted a la Santísima Virgen, y le pedimos que le conceda fortaleza y sabiduría para continuar por muchos años guiando al Pueblo cristiano por los caminos del Evangelio.

Muchas gracias.


Saludo del Santo Padre
a la Archifradía de Nuestra Señora de la Cinta, Tortosa

Viernes, 12 de abril de 2019

Queridos Cofrades y devotos de la Virgen de la Cinta:

Me alegro de recibirlos aquí con motivo del cuarto centenario de la fundación de esa asociación de fieles consagrada al culto de nuestra Madre. Saludo a Mons. Enrique Benavent, obispo de Tortosa, y a la señora Meritxell Roigé, alcaldesa de la ciudad, que los acompañan en esta peregrinación.

La cofradía de Nuestra Señora de la Cinta ha estado desde su comienzo vinculada al sucesor de Pedro. Pocos meses después de la constitución de la hermandad, aprobada por el obispo de esa ciudad, Luis de Tena, quisieron que fuese confirmada por el papa Pablo V. Y ahora, con esta peregrinación a la tumba de Pedro, desean renovar ese vínculo de comunión.

Este gesto de adhesión no es algo del pasado que suscita solo un mero interés histórico, sino que mantiene viva su actualidad. Ustedes se llaman hermanos, cofrades, y de esa manera ponen de manifiesto la realidad fundamental de nuestras vidas, que todos somos hijos de Dios. Etimológicamente, cofradía significa «unión de hermanos». Pero no basta con decir que somos hermanos, sino que hay que recordar siempre esa unidad “fundacional” que nos marca como tales. Los hermanos —sabemos— con frecuencia discuten,   y se pelean por tantas cosas, pero aun cuando eso suceda, saben mantener siempre viva esa búsqueda de un bien que no puede excluir la paz y la concordia entre ellos. Y cuando no logran hacerlo, sufren. El vínculo de la caridad que en cuanto cofrades los une con su Obispo y, a través de él, con el Papa, constituye un don importante que los enriquece pero que también comporta una misión: la de ser fermento de solidaridad en la sociedad.

Mirando el ejemplo de María estamos llamados a llevar esa fraternidad a todos los rincones de la sociedad. Ustedes están presentes en diferentes realidades eclesiales en vuestra diócesis, de esa manera colaboran para que la Iglesia sea ante todo casa, familia, lugar de acogida y de amor, en la que todos, especialmente los pobres y marginados, puedan sentirse parte y jamás verse excluidos ni rechazados. Viviendo de este modo la fraternidad se convierte en misión, que interpela y no deja indiferentes, pues el amor mutuo que sale y se dirige hacia los demás es nuestra carta de presentación. Así, incluso los que no tienen fe. podrán decir aquel elogio de Tertuliano: «Miren cómo se aman» (Apologeticum, 39: PL I, 471).

Vivir de esta manera, como hermanos unidos, supone esfuerzo y renuncia, pero les aseguro que merece la pena, porque es un signo ante la sociedad que siempre està dividida, no es moda de ahora, siempre estuvo y es un pecado social dividirnos. Por eso toda manifestaciàon de hermandad, de solidaridad ayuda. Los animo en su tarea para que sean signo ante el mundo de esa fraternidad que viene de Dios.

Que el Señor los bendiga y sostenga siempre, y que la Virgen Santa los cuide y los acompañe en este trabajo de consolidar la fraternidad.

Y, por favor, no se olviden de rezar por mí.

Muchas gracias.


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