¡Que llega la fiesta de la Madre! Es que no lo puedo remediar. A medida que se acerca el 8 de diciembre se pone  alma y corazón en espíritu de espera. Y es que año tras año, sale la despertà antes del nacimiento de la aurora. Y se siente la necesidad de cantar con esa melodía enclavada ya en el corazón de Benicarló. ¿Será que rebrota esa llamada del Espíritu a la persona que camina en romería hacia el cielo?

¡Guardias a la cita! La Reina bendita llamándoos está; venid presurosos y bienes copiosos su mano os dará.

Y se exulta y baila en corro  -este año dos coros-

¡Viva la Virgen María! Nuestra madre muy amada, la que siempre Inmaculada fue desde su Concepción. Ella siempre el fundamento será de nuestra esperanza; por ella el mortal alcanza seguro su salvación.

Y se entona una y otra vez versos de enamorados que reposan en el collar de la Virgen en efluvios amorosos:

¡Qué hermosa sois, oh Madre inmaculada! ¡Tú eres del todo pura y hermosa! ¡Salve Virgen pura, salve Virgen madre, salve Virgen bella, Reina virgen salve!

Y se pide con humildad confiada su ayuda: ¡Ay tiéndeme oh Madre una mirada!

Que encuentra enseguida eco en una sonrisa maternal: Al entrar el Rosario a la iglesia, la Virgen María su rostro volvió, y mirando a sus hijos queridos con una sonrisa las gracias les dio.

Les albaes son un dar y recibir de la Madre, un dar y recibir de sus hijos que, a vértigos de amores, van y  llegan de un corazón a otro. Este día la música endulza el contento de la Madre, el contento de los hijos, que, aunque pecadores,  le piden: oh clemente, oh pía, tu favor alcance el pecador triste que a tus puertas llama. El canto del Rosario por las calles de Benicarló es la mejor albada a la Reina y Madre María Inmaculada. No podemos menos de salir exultantes y contentos.

Les albaes van precedidas  de la Vigilia de la Inmaculada donde los jóvenes le presentan sus ilusiones amparándose en la fuerza del sí que dio María en el momento de la Anunciación, y en el nuevo sí que dio María a la petición de su Hijo a punto de morir en la cruz cuando le propuso que fuera madre de toda la humanidad. Y con la fuerza de esos dos síes suyos  salen animados para ir ahuecando sitio en su corazón para que lo ocupe Jesús, el Amigo, el Redentor, el Resucitado, el gran Enamorado.  ¿Con qué intensidad vivimos esta realización en nuestras vidas?

Manuel Ferrer