PROFESIÓ SOLEMNE DE LA
GERMANA SOR MARIA VICTONINAH DE SANT AGUSTÍ

comunitat de religioses agustines
monestir de Santa Anna – Sant Mateu del Maestrat

dissabte, 15 d’agost de 2015

 

– Ap 11, 9a; 12, 1-6a. 10ab.
– 2 Cor 4, 7-15
– Lc 1, 39-56

-Estimados hermanos sacerdotes.
-Hermanas agustinas.
-Apreciada hermana Sor Victorinah de San Agustín.
-Familiares y amigos de la nueva profesa.
-Hermanos todos en el Señor.

1. Conocer el amor

Estamos viviendo una celebración especialmente significativa para la vida de la Iglesia, un auténtico momento de gracia, en primer lugar para la hermana que va a hacer su profesión solemne, para esta comunidad de hermanas agustinas y para toda la Iglesia.

Es un acontecimiento de gracia porque la historia de una vocación a la vida contemplativa es una historia de amor. El Señor nos quiere conducir al amor y, por ello, ha ido haciéndose presente en la historia de nuestra hermana hasta traerla hoy aquí. A lo largo de su vida y de su historia personal el Señor la ha ido conduciendo hacia Él para que conociera el amor. No basta con saber que Dios nos ama. Eso no sirve para nada si no llegamos a conocer, a vivir, a experimentar en nuestra vida el amor de Dios, como llegó a conocerlo San Agustín a lo largo del camino de su vida.

La decisión que ha tomado nuestra hermana de entregar totalmente su vida al Señor sólo es posible cuando alguien ha llegado a conocer el amor de Dios, a experimentarlo en su vida, a sentirlo en su historia personal. Y eso no es conquista nuestra, es gracia y regalo del Señor. La vocación contemplativa no consiste en primer lugar en que la que ha sido llamada le dice al Señor: “Te amo”, sino que nace de una iniciativa de Dios. En algún momento de su vida Sor Victorinah de San Agustín ha sentido la presencia del Señor que le hablaba al corazón y le decía: “¿Me amas?”. Lo que hoy estamos viviendo es una respuesta de amor al amor del Señor.

2. Mirando a María

Apreciada Sor Victorinah: cuando una persona se siente amada, se despierta en ella una capacidad para el amor. Quien no sólo sabe que Dios es amor, sino que ha conocido por gracia ese amor, experimenta en su corazón un deseo intenso de amar a Dios.

Si mira con ojos de fe la historia de su vida, descubrirá que todo lo que le ha ocurrido hasta hoy no es más que la preparación para este momento. La gracia de Dios le ha ido preparando para que responda con gratitud en una respuesta que no son sólo palabras, sino entrega de vida para amar plenamente al Señor.

Esa respuesta de vida toma hoy la forma de un voto. Usted no se decide únicamente a hacer algo por el Señor, sino que le entrega su persona para pertenecer únicamente a Él, para dejarse amar por Él y para amarle cada día con más intensidad.

Es la entrega de alguien que se siente pequeña y pobre ante Dios y desde esa pequeñez acepta vivir en obediencia. Al igual que María usted hoy dice: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Estas palabras de la Virgen, ha dicho una mística del siglo XX, tienen la forma de un voto, de una profesión solemne. Estamos ante un acto de obediencia a Aquel a quien María reconoce como su Señor y ante quien ella se siente como una humilde esclava. Es una obediencia apoyada en el amor confiado en Dios. María no pide explicaciones, no quiere comprenderlo todo antes de decidirse, no exige garantías previas. El voto de obediencia implica dejarse conducir por el Señor más que por los propios deseos o por los propios proyectos, y le debe llevar a confiar más en el Señor, que en la Iglesia manifiesta su voluntad a través de nuestros superiores legítimos, que en la propia manera de ver las cosas. La obediencia es la forma más generosa de amor a Dios. Pídale al Señor que le conceda la gracia de vivir en todo momento la obediencia como expresión de su amor total a Él.

La obediencia amorosa es posible si se vive la auténtica pobreza, y pide un corazón humilde y sencillo, un corazón pobre y alegre. ¿Cómo se puede vivir la alegría en la pobreza? Esto es posible si quien hace el voto de pobreza lo hace porque ha descubierto que Cristo es su riqueza. Pídale hoy al Señor que Él sea su tesoro, ese tesoro por el que vale la pena dejarlo todo. En el espíritu de San Agustín, no olvide que el signo de la verdadera pobreza es la humildad de espíritu. Lo que hacemos por el Señor no se debe a nuestras fuerzas y a nuestros méritos, sino a la gracia de Dios, porque “¿Qué tenemos que no lo hayamos recibido?” Y si todo lo hemos recibido, no podemos enorgullecernos como si se debiera a nuestras fuerzas. No es verdaderamente pobre quien canta sus propias grandezas, quien se enorgullece de la decisión que ha tomado al entregarse al Señor. Como hemos escuchado en el Evangelio, la Santísima Virgen María no cantó nunca sus grandezas, cantó la grandeza del Señor; nunca presumió de lo que ella había hecho, sino que proclamó lo que Dios había hecho en ella. Pídale al Señor que le conceda la gracia de hacer de su vida un canto de alabanza alegre y agradecida al Señor, que nace de un corazón pobre y humilde como el de María.

El Señor quiere penetrar en su amor hasta lo más profundo de su corazón. Abrirse a este amor de Dios le lleva a responder con el voto de castidad, que hará de usted una virgen para Dios. Mirando a María entendemos el sentido de esta entrega al Señor: Ella es Virgen en su cuerpo porque su persona es enteramente para Dios. Pida hoy al Señor que la castidad de su cuerpo sea expresión de la verdad de su amor a Él.

El Señor quiere desposarse con Usted en matrimonio perpetuo y en fidelidad. Por ello, su entrega a Él deber ser para siempre. Desde ahora, dejando lo que queda atrás, debe lanzarse hacia delante confiando únicamente en Dios. Pida al Señor la gracia de no dudar en ningún momento de lo que ha hecho, de no pensar nunca que quizás otra opción en su vida habría sido mejor para Usted. La entrega amorosa a Dios es lo mejor para usted y lo que la hará realmente feliz incluso en los momentos de oscuridad.

Que su entrega sea también una entrega sin reservas y sin ambigüedades, como corresponde al amor que Dios le tiene. Santa Teresa del Niño Jesús, en su Historia de un alma, afirma que cuando un alma acoge las gracias que el Señor le da en actitud de pura apertura y disponibilidad, Dios la va colmando con nuevas gracias y con nuevos regalos. En la apertura a esas nuevas gracias de Dios, se va progresando y se avanza en la vida espiritual. Cuando contemplamos el camino de San Agustín descubrimos que su amor a Dios era cada día más fuerte, que se lamentaba de haber amado tarde al Señor: “tarde te amé” (Confesiones, l. 7, c. 10, nº 27). Que su amor al Señor sea cada día más fuerte, que no se enfríe, que no vaya de más a menos, sino de menos a más. Si esto es así, su humildad, su alegría y su sencillez serán cada día mayores, su obediencia será cada día más perfecta, su castidad será cada día más pura, porque su amor al Señor será cada vez más intenso, su espíritu de pobreza será cada día más grande, porque comprenderá cada día más que su verdadero tesoro es el Señor y su oración será cada día más ferviente, porque su amistad con el Señor será cada día más fuerte.

3. Llevamos este tesoro en vasijas de barro

La fuerza para perseverar en la vocación es tan extraordinaria que humanamente es inexplicable. Ciertamente, es que esa fuerza no proviene de nosotros, sino que proviene de Dios. San Agustín, comentando las palabras de San Pablo que hemos escuchado en la segunda lectura afirma: “La gracia de Dios es lo que te hace firme en las tentaciones del enemigo, pero por muy firme que te halles debido a la gracia de Dios, mientras llevas el cuerpo terreno en el que está depositado el tesoro de Dios, ha de temerse siempre, debido a la fragilidad del recipiente” (Comentario al salmo 70). Apóyese cada día en la gracia de Dios y no olvide que esa gracia de Dios nos es dada por Cristo. Sólo unidos a Cristo podemos perseverar en nuestra vocación. San Agustín, al meditar las palabras del Señor en el evangelio de San Juan, en las que advierte a sus discípulos que “sin mí no podéis hacer nada”, se vuelve hacia Él y exclama: “Señor, sin ti nada, contigo todo” (Comentario al salmo 30, II, 4). Que el Señor le conceda la gracia de permanecer unida a Cristo para poder vivir su vocación con fidelidad.

4. Un don para la Iglesia

Querida Sor Victorinah de San Agustín. Queridas hermanas agustinas: su vocación es una muestra de predilección que el Señor les ha mostrado, pero es también un regalo para toda la Iglesia. La Iglesia peregrina, que camina con dificultades en este mundo, que conoce las tentaciones y las debilidades a las que estamos expuestos todos los cristianos, necesita signos que le hablen del cielo, que nos orienten a todos hacia los bienes definitivos, hacia la Iglesia celeste, hacia esa Iglesia sin mancha ni arruga ni nada semejante, que hoy brilla triunfante y plenamente santa en María, la mujer vestida de sol y coronada con una corona de doce estrellas, que asciende en plenitud de vida y radiante de santidad a la gloria celeste.

Nuestro mundo, tan atado a las cosas que pretenden ofrecer la felicidad a los hombres, pero que tan sólo ofrecen un placer efímero que deja insatisfecho e inquieto el corazón del hombre, necesita de personas que, formando parte de la Iglesia peregrina, le recuerden que el verdadero descanso sólo se halla en Dios y le orienten hacia el cielo.

Que la sencillez de vuestra vida contemplativa, la pobreza vivida con alegría, la limpieza de vuestro corazón, la humildad de vuestro espíritu, la sinceridad y la verdad de vuestra entrega a Dios, vuestro deseo de llegar a un amor total con Dios, a quien San Agustín se dirige llamándolo “Oh Dios de mi corazón” (Confesiones, l. 6, c.1, nº 1), “hermosura siempre antigua y siempre nueva” (Confesiones, l. 7, c. 10, nº 17) o “eterna verdad, verdadera caridad y amada eternidad” (Confesiones, l. 7, c. 10, nº 16), nos oriente a todos los que vivimos en medio de los afanes del mundo hacia la patria a la que todos estamos llamados.

La Iglesia peregrina necesita de vuestro ejemplo y de vuestra oración. Cuando más sincero, alegre y verdadero sea vuestro amor a Dios, cuando más os presentéis con corazón limpio ante el Señor, más eficaz será vuestra oración: con más caridad pastoral vivirán los sacerdotes su ministerio; el amor de los esposos será más fuerte y más verdadero; la entrega de los misioneros será más fecunda; la fidelidad de los consagrados será mayor; el testimonio de los laicos será más valiente y los que sufren por causa de Cristo y de su Evangelio se sentirán fortalecidos.

Que el testimonio de San Agustín y de todos los santos y santas que por amor a Dios se han entregado a Él en el silencio y el anonimato de los monasterios, les iluminen en todo momento de su vida monástica. Que, ayudadas por su intercesión, lleguen un día a reunirse con María y con todos ellos en la asamblea festiva de los santos. Que así sea.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa