Any Sant de la Misericòrdia

Homilia de l’Excm. i Rvdm. Sr. Enrique Benavent Vidal, Bisbe de Tortosa
en la celebració del Jubileu dels religiosos,
la jornada mundial de la Vida Consagrada
i la cloenda de l’any dedicat a la Vida Consagrada

Santa Església Catedral de Tortosa, 7 de febrer de 2016

 

– Diumenge V del Temps durant l’any. Cicle C
– Lectures:
1ª Is 6,1-8
Salm 137
1C 15,1-11
Lc 5,1-11

Ilmo. Sr. Vicario general
Delegado diocesano para la Vida Consagrada
Estimados hermanos sacerdotes, diáconos, seminaristas
Hermanas y hermanos todos en el Señor

1. La vida consagrada , un don de Dios a la Iglesia

Hace unos días el Santo Padre clausuraba en Roma el Año de la Vida Consagrada. Nosotros nos unimos en esta celebración al Santo Padre y, al hacerlo, damos gracias a Dios. Los cristianos debemos agradecer constantemente al Señor el don que es la vida consagrada para la Iglesia en sus múltiples formas y carismas. Como he intentado resaltar en Vida Diocesana a lo largo de todo este año, la Iglesia sería mucho más pobre sin los consagrados y las consagradas. Si el mayor tesoro de la Iglesia son los santos, no olvidemos que la vida consagrada ha suscitado en ella frutos abundantes de santidad. Y es que cuando la persona más se entrega al Señor más enriquece el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia.

La Iglesia sería más pobre también porque el amor de Cristo no se haría tan visible para nuestro mundo sin vosotras y sin vosotros. La vida consagrada no es sólo un camino de perfección para los que, dejándolo todo, habéis seguido al Señor. Vuestro testimonio enriquece la Iglesia también porque hace más visible el amor y la misericordia de Dios para todos los hombres. No hay ninguna pobreza ni ningún sufrimiento humano en el que no estén presentes, al lado de quienes los padecen, un consagrado o una consagrada. Y es que cuando una persona más se entrega a Dios también se entrega más a los demás.

La vida consagrada hace posible que para la Iglesia brille la santidad que nace de la donación total a Dios y el amor que nace de la entrega generosa a los hermanos. Hemos de agradecer, por tanto, este tesoro. Pensando en nuestra misma diócesis, nos podemos preguntar: ¿qué sería de nuestra iglesia diocesana sin todo vuestro testimonio, sin vuestra vida, sin vuestras obras caritativas, educativas, de atención a los más pobres, a los ancianos, a los niños y jóvenes en procesos educativos? ¿qué sería de nuestra diócesis sin la riqueza y el testimonio de las religiosas y los religiosos de vida contemplativa? Hoy agradecemos al Señor este don que Él hace a su Iglesia. Y os agradecemos también a todas vosotras y a todos vosotros el testimonio de entrega al Señor. Este año de la Vida Consagrada nos ha llevado a todos a valorar lo que significáis en la Iglesia.

2. Renovar la fidelidad

Este año sin duda ha sido para los consagrados una llamada a vivir con fidelidad vuestra entrega al Señor. Aunque con unos días de retraso, celebramos también la jornada de la Vida Consagrada. Cada año tenéis una ocasión para renovar vuestra entrega al Señor, para hacer, no un acto jurídico pero sí un acto espiritual de renovación de vuestra consagración. La palabra de Dios que se ha proclamado os ayuda a hacer mejor este acto de renovación, a vivir este momento en el que le expresáis vuestro deseo de continuar viviendo con fidelidad, una fidelidad que no significa ir de más a menos sino de menos a más en vuestra entrega al Señor.

Las lecturas de hoy nos pueden ayudar a revivir los inicios de nuestra vocación. Cuando decidimos entregarle nuestra vida al Señor hicimos un acto de confianza en Él. Hemos escuchado en el Evangelio cómo Jesús, cuando terminó de enseñar desde la barca, después de que Pedro hubiera pasado la noche sin pescar nada, le dice que vaya hacia dentro y que eche las redes. Pedro, que ha estado toda la noche trabajando sin conseguir nada, le dice al Señor: “por tu palabra echaré las redes” (Lc 5, 5). “Por tu palabra”, porque me fío de ti, no porque yo lo crea. Seguramente si Pedro hubiera hecho lo que su instinto le pedía, después de estar una noche pescando en vano no hubiera echado las redes. Pero lo hizo diciendo al Señor que lo hacía por su palabra. Se fio más de Cristo que de sí mismo. Esto es entregarse al Señor. El que comienza un camino de vocación y el que ya lo está viviendo sabe más o menos cómo comienza, pero no sabe hacia dónde le llevará ese camino. Creo que si cuando comenzamos nuestro camino vocacional el Señor nos hubiera dicho hacia dónde nos llevaría, no sé cómo hubiéramos reaccionado. Pero por su palabra hemos echado las redes, nos hemos puesto en sus manos, no para realizar nuestros proyectos sino para que sea Él quien nos lleve hacia donde quiera. Seguir al Señor dejándolo todo es un acto de confianza en Él y sólo lo puede hacer aquel que se fía más de Cristo que de sí mismo.

3. Llamados por gracia

También en la segunda lectura hay una frase de Pablo que nos tiene que hacer pensar: “por gracia soy lo que soy” (1Co 15,10). Por gracia. Estamos ante un elemento común a los tres relatos de vocación que encontramos hoy en la Palabra de Dios. Isaías, ante la visión de la gloria de Dios únicamente es capaz de ver su propia impureza. No se siente digno de esa llamada del Señor ni preparado para la misión. También Pablo, cuando recuerda el momento en que fue llamado al apostolado, dice: “Se me apareció también a mí … yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de ser llamado apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios” (1Co 15, 8-9). Él era consciente de que había perseguido a la Iglesia. Pedro, después de aquella pesca milagrosa, en vez de abrazarse al Señor para manifestarle lo contento que estaba porque había llenado la barca de peces, que seguramente habría sido nuestra reacción normal, le dice: “apártate de mí que soy un hombre pecador” (Lc 5, 8). Pero Pablo añade: “su gracia para conmigo no se ha frustrado en mí” (1Co 15, 10). Podemos afirmar que esa gracia tampoco ha sido ineficaz en Pedro ni en Isaías.

Por gracia de Dios somos lo que somos. No porque seamos mejores que los demás, no porque tengamos más cualidades, sino simplemente porque el Señor nos ha invitado a que le sigamos dejándolo todo. Le agradecemos hoy ese acto de confianza que ha tenido en nosotros y todo lo que Él a través de nosotros haya podido hacer de bueno en su Iglesia y en el mundo. Pablo presume un poco y después se corrige: “he trabajado más que todos ellos, aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1Co 15, 10). La gracia de Dios es la que trabaja a través de nosotros y nosotros sólo queremos ser instrumentos de esa gracia. Renovar la consagración es renovar nuestra confianza en el Señor, es ponerse en sus manos para que nos lleve donde quiera. A Pedro le dice Jesús: “desde ahora serás pescador de hombres” (Lc 5, 10). Él, que había llenado la barca de peces, tiene que dejarla para otra misión a la que el Señor le llama.

Que realmente viváis esta jornada de la Vida Consagrada como un acto de entrega generosa, pidiéndole al Señor que la generosidad que tuvisteis el día que os decidisteis a entregaros plenamente a Él, no vaya a menos sino a más, en entrega, en alegría y en amistad con el Señor. Y así viviréis vuestra consagración como un camino de santidad y de felicidad.

4. Profetas de la Misericordia

Celebramos también el Jubileo de la Misericordia. Precisamente el lema de este año para la jornada es que la vida consagrada es una profecía de la misericordia de Dios. Un lema bonito. Una profecía significa una voz, una llamada, un grito que se da a este mundo que muchas veces ha perdido el sentido de la misericordia; a este mundo en el que las personas actúan por sus intereses y por sus egoísmos; a esta cultura que ha perdido la capacidad de escuchar, de perdonar, de perder el tiempo con el otro y por el otro. En este tiempo en el que cuando uno está plenamente satisfecho a veces se olvida de los más necesitados, que vuestra vida personal, vuestras obras y vuestra vida comunitaria, sean una profecía para el mundo. El Papa ha insistido en que la vida de vuestras comunidades esté marcada por este perdón y por la misericordia, para que sean auténticas fraternidades. De este modo seréis para la Iglesia un signo de lo que ella y el mundo están llamados a ser: una verdadera familia.

Que el Señor nos conceda la gracia de vivir en fidelidad, cada uno de nosotros en nuestra vocación, y que nuestra vida sea un testimonio luminoso de alegría y esperanza para todos.

Que así sea.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa