Pascua de Resurrección del Señor

Santa Iglesia Catedral Basílica de Tortosa
Domingo 5 de abril de 2015

 

– Hch 10, 14a. 37-43
– Sl 117
– Co 3, 1-4
– Jn 20, 1-9

– Ilmo. Sr. Vicario General
– Excmo. Cabildo Catedral
– Párrocos de las parroquias de la Ciudad
– Hermanos en el sacerdocio
– Autoridades de la ciudad
– Hermanas y hermanos

1. Una buena noticia que llega a todo el mundo

En la mañana del domingo de Pascua, cuando todavía está todo oscuro, empiezan a suceder unos acontecimientos inesperados. Las mujeres, las mismas que habían acompañado al Señor hasta el Gólgota y habían presenciado la sepultura de su cadaver, son las primeras que, una vez observado el mandato del descanso del sábado, se dirigen al sepulcro. Entre ese grupo de mujeres destaca María Magdalena. Ella, que había sido liberada de siete demonios por el Señor, que lo había servido y no lo había abandonado en el momento de la cruz, siente la necesidad de estar cerca de Él. El desenlace final había sido rápido. Todavía no había pasado el tiempo necesario para que las personas asimilemos la muerte de un ser querido, y más cuando esa muerte se ha producido de una manera tan trágica y tan rápida.

María y las otras mujeres se dirigen al sepulcro con sentimientos de muerte, pero no encuentran las cosas como ellas imaginaban: ven que la losa del sepulcro está quitada (Jn 20, 1). El primer pensamiento todavía presupone que el Señor está muerto: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20, 2). Al desconcierto de la muerte se une ahora el desconcierto de la desaparición del cuerpo del Señor. La primera reacción de María es la normal: ella no puede quedar indiferente i va a decirles a los discípulos lo que ha sucedido.

A partir de este momento los acontecimientos se van sucediendo en cascada: Pedro y el discípulo amado se dirigen al sepulcro, comprueban la veracidad de lo narrado por María Magdalena y regresan a su casa (Jn 20, 10). Lucas nos dice que Pedro volvió “admirándose de lo sucedido” (Lc 24, 12). Juan nos indica que el discípulo amado, al ver los lienzos y el sudario “vió y creyó” (Jn 20, 8). La admiración de Pedro y la fe inicial del discípulo amado son el primer paso de un proceso que concluirá en el encuentro con el Resucitado y el ser recobrados para la fe. Todos los demás personajes, por distintos caminos, serán también recobrados para la fe.

Esta noticia, que primero se difundió entre las mujeres y los discípulos, que después se extendió por Jerusalén, hoy es proclamada a todo el mundo. No es una noticia reservada a un grupo de personas, a unos pocos elegidos o a quienes pertenecen a un pueblo o a una raza concretas. Es un Evangelio, una buena noticia para todo el mundo. En la primera lectura, tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, hemos escuchado el anuncio que Pedro le hace a un gentil, al centurión Cornelio: “Me refiero a Jesús de Nazaret…, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo… A éste lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día” (Hch 10, 38-39). Es una buena noticia para todos. Hoy esta buena noticia vuelve a resonar con fuerza en todo el mundo. Nosotros nos alegramos de escucharla y deseamos que resuene en el corazón de nuestro mundo.

2. El odio ha sido vencido por el amor, la muerte ha sido vencida por la vida, el mal ha sido vencido por el bien, el pecado es vencido por el perdón

Es una buena noticia porque nos dice dónde esta la verdad de nuestra historia y de nuestra vida. La cruz es la manifestación más evidente del odio que puede albergar el corazón del hombre y del mal que el mundo es capaz de llegar a hacer, porque Cristo no hizo nada que pudiera justificar el trato que recibió por parte del mundo ¿Qué sería de nuestro mundo si con la cruz todo hubiera terminado? ¿Qué sería de nuestra vida si el horizonte último fuera la muerte? ¿Qué futuro tendríamos los hombres si las injusticias que se cometen a diario, cuyos efectos a veces son irreparables en este mundo, tuvieran la última palabra? En nuestro mundo y en nuestra vida no existiría lugar para la esperanza. Si todo hubiera concluido en la cruz y en el sepulcro, ello significaría que los poderes del mal se han adueñado del mundo y del hombre, que son una obra maravillosa de Dios; significaria que las víctimas de tantos odios y de tantas injusticias son, simplemente, personas que no han tenido suerte en la vida. El horizonte de la vida del hombre y de la vida del mundo sería un horizonte de muerte.

“Cristo ha resucitado”. Aquí está la verdad. La prepotencia y la arrogancia del odio y del desprecio con el que trataron a Jesús ha sido vencida por la omnipotencia del amor; las mentiras con las que acusaron a Jesús han quedado al descubierto; el bien que Jesús hizo ha vencido al mal que recibió como paga. La definitiva palabra de nuestro mundo no es palabra de muerte, sino de vida. El odio, la mentira, la injusticia, el mal y la muerte no son lo definitivo.

3. Pascua es una buena noticia

Pascua es una buena noticia para los que sufren las consecuencias del pecado y de la muerte. Cuando escuchamos el anuncio pascual, podemos decir en nuestro interior: vale la pena vivir. Aunque en nuestra vida pasemos momentos de noche, aunque en ocasiones no encontremos la respuesta al por qué de las cosas que nos suceden, aunque en determinados momentos la oscuridad es más fuerte que la luz…, vale la pena vivir, es un regalo que Dios nos haya llamado a la vida, porque nos quiere llamar a una vida más plena.

Pascua es una buena noticia para todos aquellos que, siguiendo el ejemplo de Cristo, quieren pasar por el mundo haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo. Cuando en su interior resuene el anuncio de la resurrección de Cristo pueden decir: Vale la pena vivir para los demás. A pesar de los pocos frutos que muchas veces produce tanto esfuerzo, vale la pena hacer el bien; aunque el egoísmo y la ambición parece que se adueñan de nuestro mundo, vale la pena vivir de otro modo, porque es así como se encuentra la verdadera alegría; aunque muchas veces quienes siguen el camino de Jesús sean tratados de ingénuos, vale la pena mantenerse en ese camino.

Pascua es incluso una buena noticia para los pecadores, para los causantes de los males de nuestro mundo, que también somos muchas veces nosotros. San Pedro concluye el discurso dirigido a Cornelio con estas palabras: “De él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados” (Hch 10, 43). Para los pecadores es una buena noticia, porque Pascua es la fiesta del perdón de los pecados. Cristo no quiere que nadie quede en poder del pecado y de la muerte. Él nos quiere a todos libres. Hoy se le dice al pecador: tu pecado tiene remedio, Dios no te quiere condenar, también a ti se te ofrece la posibilidad de entrar en una vida nueva. El pecado no es necesariamente lo definitivo en la vida del hombre. El perdón que Cristo nos ofrece es la puerta que se nos abre a una vida nueva. Nuestro mundo, este mundo que a veces es tan cruel con el que ha cometido algún mal, debe aprender también que el ser humano puede cambiar, porque puede ser renovado por Cristo. Pascua es la fiesta del perdón y de la vida nueva en Cristo para todos.

Pascua es una Buena Noticia para el que sufre, porque sabe que en su sufrimiento no está la última palabra; para el justo, porque se le muestra el premio de su justicia; y para el pecador, porque se le ofrece el perdón de sus pecados.

4. Dejarnos alcanzar por Cristo resucitado

La narración del hallazgo del sepulcro vacío que se ha proclamado termina con el regreso de los dos discípulos a casa. Si seguimos leyendo el relato evangélico vemos que María Magdalena no regresa con ellos. Da la impresión de que la Iglesia varonil, que en la pasión ha abandonado al Señor, no sabe cómo debe actuar. María Magdalena, en cambio, no regresa a casa. Ella no tiene la tranquilidad de Pedro y de Juan, que no se interesan por llegar a saber qué ha ocurrido. No quiere volver a su casa hasta saber qué ha pasado. Permanece en búsqueda, porque su amor al Señor se ha mantenido vivo después del Viernes Santo. Esa constancia en el amor tendrá su premio. Será la primera en ver al Señor, su llanto se transformará en gozo y su corazón se llenará de una alegría tan grande que ya nadie se la quitará. Ella que, alarmada por el posible robo del cadaver, fue a avisar a los apóstoles de que el sepulcro estaba vacío, ahora volverá feliz como la primera testigo de la resurrección: “María Magdalena fue y anunció a los discípulos: <<He visto al Señor y ha dicho esto>>” (Jn 20, 18). Para anunciar a Cristo perseveró en la búsqueda y se dejó alcanzar por Él.

Si todavía no hemos encontrado al Señor, si la indiferencia amenaza la vitalidad de nuestra fe, si el desánimo en nuestra vida cristiana nos invade en algunos momentos… no nos alejemos del Señor, sigamos en búsqueda, conservemos encendida en nuestra vida la llama del amor a Él, aunque sea pequeña. Si perseveramos en el amor, seremos alcanzados por Cristo y experimentaremos la misma alegría de María Magdalena en la mañana de Pascua.

5. María en la Pascua

El Viernes Santo, la pasión según San Juan nos narraba la presencia de María junto a la cruz de Jesús. Su sufrimiento era inmenso, pero su fe era más grande. Podemos pensar que en la Pascua esa fe se vio colmada con una alegría tan grande que no nos podemos imaginar; que María, en la Mañana del Domingo de Pascua, volvería a decir, llena del gozo del Espíritu: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador”. Su alegría pascual es tan plena como inmenso ha sido su sufrimiento, porque sabe que a partir de este momento ya nada la podrá separar de su Hijo. Que ella interceda ante Él por toda la humanidad, por la Iglesia, por los que sufren, por cada uno de nosotros, para que lleguemos a vivir desde la Pascua del Señor.

Feliz Pascua de Resurrección.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa.