Ya en la Subida del Santo Cristo a la parroquia de san Bartolomé un grupo de jóvenes, emocionados, portaban la Cruz de Lampedusa, construida con los restos de la madera de pateras destruidas por el temporal del mar Mediterráneo que acarreó la muerte a tantas y 1tantas personas. Era un signo sensible del sufrimiento de emigrantes en búsqueda de tierras hospitalarias. Presidía el cortejo el sacerdote nigeriano  Mosén Kenneth que vivió la experiencia de entrar en patera,  liberada por la Guardia Civil,  por Algeciras hasta afincarse  en Murcia después de un largo periplo (años) por el desierto, por Marruecos y por el Atlántico donde no sólo perdió a muchos compañeros, sino que en esos momentos durísimos, en medio de la tormenta,  le hizo la promesa a Dios de entregarLE su vida en el sacerdocio y a los demás hermanos, si le ayudara a salir de esos momentos tan duros.

El padre Kennet fue el invitado por Mosén Carlos a que presidiera el día del novenario dedicado a los jóvenes. La noche del viernes 31 de marzo todos los asistentes estaban encandilados de las palabras vivas, esperanzadoras, que  brotaban de su corazón. Animaba a los jóvenes a que se diesen cuenta de que dentro de pocos años ellos serán el apoyo de la parroquia, de la Iglesia que es universal. Grababa con sus gestos que la amistad y compañía de Jesús es esencial en la biografía de cada uno de nosotros, a pesar de que SUS promesas son esfuerzo, sufrimiento, persecución, cruz. Con dulzura expresiva les expresaba ese no tener miedo a   abrirLE la puerta del corazón a su llamada para que Él se enseñoree de cada uno. ¿Qué ha prometido Cristo? La nueva vida de la gracia, la vida eterna, la del cielo. Somos proclives, les recordaba, a echarle la culpa a Dios, cuando no nos salen las cosas como quisiéramos; pero es en esos momentos, precisamente, cuando Dios ha prometido su ayuda y el regalo de su compañía feliz. Y todo ello envuelto con la belleza y alegría de sentirse queridos y agradecidos por gozarLE tan cerca. La adoración a Dios es el reconocimiento de que somos sus criaturas y de que ahuyentemos la tentación de considerarnos dueños de la vi4da y de la muerte. Es el gran pecado de la sociedad consumera.

Era una delicia escuchar las palabras del P. Kennet, sentidas y vividas, que mostraban el camino glorioso de la cruz, y, sobre todo, la fuerza piadosa de su madre cuando le insistía en sus años de adolescencia a que estuviera cerca de la Iglesia, a que gozara de la misa dominical. Su pueblo sigue devastado por la ira y ceguera del Boko Haram.

Una vida dura, la del P. Kennet,  vencida por la entrega generosa  del amor hermoso. Nosotros damos gracias a Dios y al P. Kenneth por habernos mostrado un camino, el Camino de la cruz que nos conduce al cielo, lugar feliz  de la liberación, en medio de una fina y acompañada alegría. Sabemos a qué Señor servimos en la libertad de los hijos de Dios.

Manuel Ferrer